El interminable laberinto de la pandemia

Por: Alberto Medina Méndez (*)

La fantasía del final glorioso ya no emerge con tanta claridad. No parece ser esa la única posibilidad ante un horizonte repleto de preguntas que aún no tienen respuestas.

Cuando el mundo se enteró de la llegada de este coronavirus no tomó nota de la potencial gravedad de la situación. Es que en las últimas ocasiones se habían planteado anuncios similares que luego de muchas idas y vueltas terminaron siendo solo falsas alarmas.

A poco de andar, en los primeros meses del 2020 se sucedieron una secuencia de noticias y lo que parecía una típica historia ya conocida se convirtió rápidamente en un hecho completamente inédito. La ausencia de información detallada, la absoluta inexperiencia global en la materia y la velocidad con la que se precipitaron los acontecimientos desembocaron en un arsenal de restricciones y cuarentenas que inundaron el planeta en ese intento de contener a ese desconocido aluvión.

Con el diario del lunes se puede evaluar si aquellas decisiones fueron las mejores, si la desproporción se transformó en la matriz generalizada o si la eficacia de esas determinaciones quedó demostrada. Todas las hipótesis deberían ser consideradas a la hora de obtener conclusiones.

Luego llegó la época de la inagotable discusión cívica, de la sucesión de cepas, del surgimiento de una multiplicidad de vacunas y hasta de la inevitable polémica sobre su real pertinencia frente a este evento inesperado.

A estas alturas las controversias se fueron renovando casi en su totalidad.

Hoy se habla de la variante delta, de completar esquemas de inmunización, y de la tercera dosis como refuerzo ante las amenazas que acechan.

El punto es que ya se puede dar por zanjado aquel imaginario desenlace que sería breve y que casi todos predijeron cuando arrancó esta travesía. En ese entonces la humanidad creía que sería cuestión de cuidarse unos pocos meses, de aguardar la invención de las vacunas para luego derrotar a este flagelo dejándolo atrás como una anécdota única pero circunstancial. Hoy, con cierto recorrido, ya no se habla de aniquilar al virus y olvidarse de él para siempre, sino de aprender a convivir con su presencia. Muchos inclusive creen que todas las precauciones, como el tapabocas, la distancia social y el lavado de manos seguirán siendo parte del paisaje durante años.

El regreso hacia aquella normalidad conocida antes del covid-19 ya no parece tan lógico. En todo caso, la mayoría de la gente se empieza a ilusionar con algo distinto a eso. Quizás suponen que el futuro será una extraña combinación entre el pasado añorado y este formato del presente.

Lo tangible es que la angustia continúa. A los temores propios vinculados con esta inusitada enfermedad, el riesgo de contraerla, de perjudicar a los más cercanos, de terminar hospitalizado o morir, se suman las inocultables consecuencias económicas y el indisimulable impacto psicológico.

El porvenir no está claro, como tampoco lo estuvo jamás. La idea de que a la pandemia se la vencería en forma aplastante y que un día todas las personas se unirían en las calles en un solo abrazo dando rienda suelta a una celebración masiva, parece desvanecerse sin atenuantes.

En ese contexto todos están invitados a repensar sus miradas no solo para diseñar sus próximos pasos, sino para minimizar las sensaciones de incomodidad crónica y acomodarse activamente hacia lo que viene.

No es razonable, ni deseable vivir con miedo, sin propósito y enfocado solamente en el corto plazo. La vida requiere de un saludable equilibrio entre el disfrute de lo cotidiano y la construcción progresiva de proyectos que movilizan. No sería bueno renunciar a ellos eternamente.

Se transitan instancias muy particulares. Tal vez sea más realista asumir que probablemente el laberinto no tiene una salida tan categórica y que algo de esta rutina permanecerá por varios años.

La infinita mutación que deriva en el descubrimiento de flamantes cepas propone una suerte de círculo vicioso en el que las nuevas versiones se vuelven inexorablemente más agresivas poniendo en jaque la eficacia de las vacunas disponibles y retando a la ciencia a ajustar sus fórmulas.

Así las cosas, frente a cada novedad se renuevan las dudas y el pánico asoma disfrazado, pero con otro traje. Por momentos se siente que esta dinámica se repetirá por años y que el triunfo anhelado nunca sucederá.

Es posible que para avanzar hacia el siguiente escalón, sin detener los engranajes, haya que comprender que este esquema puede sostenerse aún mucho más.

Esperar que todo concluya para seleccionar rumbos puede ser un error letal ya que existe la chance de que el final soñado sea una utopía. Es tiempo de asumir que estas reglas de juego pueden ser las definitivas, o bien que en algún instante se asimilarán de tal manera que no se notará su existencia dado que todos se comportarán en base a los requerimientos establecidos y aceptados socialmente.

El mañana es un constante misterio, pero quizás haya que admitir que el debate, en realidad, nunca fue sobre lo que había que hacer, sino que siempre debió ser acerca de cómo seguir adelante, de qué modo adaptarse y de la manera óptima de buscar alternativas tolerables para atravesar amigablemente este desafiante tramo de la vida.

(*) Alberto Medina Méndez

Periodista y Consultor

Presidente Fundación Club de la Libertad

amedinamendez@gmail.com

@amedinamendez