El problema no somos nosotros, es el Estado

Por: Franco Vallejos Torres (*)

En estos tiempos donde la libertad parece estar cada vez más lejos y el avance de los Estados hacia el individuo es más recurrente, debemos parar la pelota e intentar pensar en el por qué llegamos a este punto. Los Estados han tomado un poder importante en el siglo XXI pero de una forma distinta a la que se vivió en el siglo XX ya que han encontrado otros mecanismos de poder y su manutención. Hoy existen formas de control muy a la vista y parece que la sociedad, al tomarlo como forma de organización, no parece ver la magnitud del asunto. El control monetario a través de la reserva fraccionaria, la emisión y control de la política monetaria por parte de los bancos centrales (control de Bitcoin), vigilancia cibernética, monopolio de la justicia y la seguridad, entre otras, forman parte de los controles que los Estados ejercen sobre la sociedad.

El Estado no es un ente físico que podamos encontrar a la vuelta de la esquina. Este ser imaginario que llamamos Estado no es más que un grupo de personas que se manejan de forma anárquica y que comparten: objetivos, lenguaje, etc. El Estado no existe, no es un individuo ni un colectivo, no es alguien que tenga conciencia propia, el Estado no tiene carácter ontológico. El Estado es una organización de personas de carne y hueso que utilizan el aparato del ente imaginario para quedarse con el poder. La organización del Estado debe tener muchos instrumentos para que la legitimidad de esta sea bien resguardada, debe tener educación, salud, justicia (en algunos casos ‘’social’’), seguridad, controles y regulaciones en la vida social, etc.

La aceptación del Estado en gran parte se debe al manejo de estos monopolios para ser esenciales en la prestación de servicios que no podrían ser prestados por un privado por la complejidad de su eficacia o por el simple relato de la ‘’soberanía’’.

¿Realmente necesitamos que los gobiernos nos garanticen todos estos servicios? Porque en ese caso: Los establecimientos educativos necesitan profesores, edificios, mantenimiento, etc. En el caso de la seguridad, deberíamos tener en cuenta lo que significa la seguridad y de quién nos deben proteger, ¿de un Estado? ¿De los delincuentes? ¿De terroristas?

Ninguna respuesta se escapa del hecho que el individuo podría defenderse sin la necesidad de que haya un Estado. Lo mismo para la educación, que podría brindarse a través de tutores autorizados por las comunidades para dar diferentes materias, incluso algunas tan complejas como: arquitectura y medicina. Y la justicia, principio fundamental para la organización de la sociedad, podría ser gestionada por los conocedores del derecho o por un árbitro privado (con una imagen honorable en su distrito).

¿Por qué deberíamos aceptar que un grupo de personas extraiga la renta de todos los individuos para usarla a su antojo? ¿Acaso la sociedad no está preparada para gobernarse a través de comunidades y de forma voluntaria? Y si la respuesta es no ¿podríamos decir que es válida la coacción? Lo que plantea la anarquía (fase definitiva de la sociedad, en mi opinión) es la de voluntariedad como principio fundamental de organización. En una sociedad anárquica no existirían invasiones, violencia masiva como guerras o atentados por la simple razón de ser antieconómicos. ¿A qué me refiero con antieconómicos? Los Estados, al tener financiación infinita (por emisión, deuda, etc.) pueden concretar cualquier fin bélico en su propio beneficio (de los políticos, jamás del pueblo). En una situación de anarquía de mercado, los recursos económicos son escasos (sean millones, billones, etc.). La asignación de recursos, el cálculo económico y el beneficio debería ser tan grande como los recursos a gastar para mantener lo que los Estados mantienen hoy (ministerios ineficientes, armamento bélico y los servicios antes mencionados).

Todas nuestras decisiones son tomadas en anarquía, comercializamos en anarquía y convivimos en anarquía. Por eso el Estado debe optar por tener muchas herramientas y discursos demagogos para darle razón a su ‘’existencia’’. La democracia no tiene mucho tiempo de existencia y tampoco tiene razón para existir mucho tiempo más. La anarquía de mercado es y debe ser nuestra forma de organización ya que la voluntad, la bondad y el comercio, son las grandes virtudes que tiene este sistema y que aborrece el control coercitivo. Aunque en los tiempos actuales, veamos a muchos individuos pedir Estado, derechos o lo que sea, siempre hay que plantear una solución anárquica. ¿Por qué? porque sin esa disidencia, el camino de servidumbre estaría formado y listo para que nuestra sociedad siga encadenada por muchísimo tiempo.

(*)Franco Vallejos Torres

Empleado de comercio exterior y Conductor de radio

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