Juan Bautista Alberdi

Por: Hernán Alcolea (*)

Semblanza

Cuando estudiamos historia es necesario contextualizar al personaje en cuestión. Esto significa época, forma de vida y estructura de pensamiento de aquel entonces, donde lo habitual del formato de gobierno era la monarquía, el promedio de vida no llegaba a los 40 años, el analfabetismo (aunque sin estadísticas ciertas) promediaba el 90 % de la población, atacados por epidemias y enfermedades hoy hasta inexistentes y la vida transcurría en ambientes que difieren muchísimo de los de hoy con tanta tecnología.

Nacido en 1810 en Tucumán, un lugar de paso obligado de todo el comercio que bajaba del alto Perú o que subía del puerto de Buenos Aires, hijo de un comerciante vasco (revolucionario que había participado de la defensa de las invasiones inglesas), dueño de una importante pulpería y de Josefa Araoz (perteneciente a una acomodada familia tucumana) quien muere a consecuencia del parto. Su padre fallecería solo 11 años después dejándolo a cargo de sus hermanos mayores.

Su iniciación escolar lo haría en una humilde escuela fundada por Manuel Belgrano y para 1824 se traslada a Buenos Aires para seguir estudiando en el colegio de ciencias Morales, actual colegio Nacional, con una beca otorgada por el gobernador de Buenos Aires, Martin Rodríguez.

Pero en el 1826 abandona la escuela para dedicarse a trabajar en una tienda y a su gran pasión que es leer, de paso aprendería el latín demostrando su capacidad de autodidacta, aunque en 1828 retoma los estudios en el mismo colegio, impulsado por el diputado tucumano Alejandro Heredia, hasta ser cerrado el establecimiento por orden de Juan Manuel de Rosas, cuestión que lo lleva casi al exilio. Terminó viviendo en la casa del abuelo de su gran amigo Miguel Toribio Cané. Allí Alberdi desarrolla su gusto por la música y su talento para tocar el piano y componer música. Asombrosamente en 1832, a los 22 años de edad, escribe su primer libro, fue precisamente de música, “El Espíritu de la Música”.

Incluso fue capaz de diseñar un sistema para aprender a tocar el piano más fácilmente y hasta darse el lujo de tocar en el mismo salón y piano de su amiga Mariquita Sánchez de Thompson, quien entonó por primera vez el himno nacional argentino.

Ese mismo año entra en la universidad para estudiar abogacía, allí conocería a otro amigo entrañable, Juan María Gutiérrez.

Abandona la carrera en 1834 para regresar a Tucumán deteniéndose en Córdoba para dar un examen final y recibirse de bachiller en leyes (un título intermedio). En Tucumán el ya gobernador Alejandro Heredia le ofrece una banca legislativa que él rechaza para regresar a Buenos Aires.

A su llegada escribe su siguiente libro “Memoria descriptiva de Tucumán”.

Con el paso de Manuel Belgrano y la necesidad de volver a los ideales de la revolución de Mayo, en esos mismos momentos, Facundo Quiroga aconsejado por Alejandro Heredia le ofrece una beca para que vaya a estudiar el sistema federal a Estados Unidos de Norteamérica, aunque también rechaza la oferta.

En 1836 después del asesinato de Facundo Quiroga y la toma del poder absoluto por parte de Juan Manuel de Rosas, Alberdi escribe el libro “Fragmento preliminar al estudio del derecho”.

Allí deja plasmada su convicción de que la libertad no debe ser impuesta por un sable sino como fruto de la educación y ejercicio de la misma y que todo poder ejercido más allá del derecho era un poder tiránico.

Para 1837 en el salón literario creado por Marcos Sastre junto a Miguel Toribio Cané, Esteban Echevarría, Vicente Fidel López y Juan María Gutiérrez se reunían para conformar lo que más tarde se dio en llamar la generación del 37.  Ya en 1838 Juan Manuel de Rosas los censura cerrándoles el salón. Ellos entonces deciden fundar la revista “La Moda” que trae las modas impuestas en Europa sin dejar de lanzar dardos al régimen reinante con frases como “Los clamores cotidianos de la tiranía no podrán contra los progresos fatales de la libertad”.

Allí escribe bajo el seudónimo de Figarillo en honor a Mariano José de Larra, escritor, periodista y político español admirado por Alberdi que utilizaba el seudónimo Figaro, trágicamente suicidado a los 27 años de edad en 1837.

En el mismo 1838 la tiranía de Rosas también cierra la revista de modas, obligándolos uno a uno a exiliarse en la banda oriental que desde 1828 era independiente por el tratado firmado con el gobernador Dorrego y continúan la tarea con el nombre de “El Iniciador” en Montevideo. Con 28 años  y habiendo dejado un hijo en Buenos Aires se une al periódico “El Nacional”, fundado previamente por Miguel Toribio Cané y al poco tiempo fundan el periódico “El Grito Argentino”.

En 1841 escribe una obra de teatro denominada El Gigante de Amapolas” de estilo satírico donde Rosas es representado. Finalmente en 1842 junto a su amigo Juan María Gutiérrez deciden irse a Europa llegando a Génova en Junio. Después de recorrer Italia y parte de Francia Alberdi se entrevista con el Gral. San Martin despertando en él un gran aprecio. En noviembre de ese mismo año emprende el regreso a Sudamérica pero en esta oportunidad hacia Valparaíso, Chile, donde ejerció la abogacía. Escribe dos de sus libros más emblemáticos y toma la dirección del diario “El Mercurio”. Ya en 1845 le ofrecen la posibilidad de ser senador nacional chileno, cuestión que rechaza. Desde allí como periodista y columnista del diario que dirigía atacó constantemente la tiranía de Juan Manuel de Rosas, hasta su caída tras la batalla de Caseros. Después del tratado de San Nicolás, la provincia de Buenos Aires decide separarse de la confederación y en ese contexto Alberdi está abocado a escribir su libro “Bases y Puntos de Partida para la Organización Política de la República Argentina”; todo un tratado y guía para la escritura de una constitución nacional inspirada en el modelo chileno y la constitución de Estados Unidos, aunque principalmente en la constitución californiana de 1810. En las bases diseña un sistema de libre navegación, nacionalización de las rentas aduaneras y abre el camino a la inmigración acuñando una de sus frases más conocidas como “Gobernar es Poblar”, entre otras cuestiones.

Alberdi le envía este libro a Urquiza quien le contesta: “Su bien pensado libro es a mi juicio un medio de cooperación importantísimo. No ha podido ser escrito en mejor oportunidad”

Justo José de Urquiza tenía por entonces una gran admiración por Alberdi. El libro de Alberdi fue la guía en definitiva que le dio el alma a la constitución de 1853.

Pero esa constitución no solo es un instrumento jurídico si no también un elemento político, social y dinámico, casi podríamos afirmar, viviente.

Y hasta aquí he descripto brevemente el derrotero de un gigante como Juan Bautista Alberdi hasta lograr la constitución de 1853, obra que hoy homenajeamos.

Quiero reflexionar entonces sobre su personalidad que, no obstante las situaciones adversas que tuvo en sus inicios y la persecución que sufrió, supo gracias a su esfuerzo, inteligencia y convicciones dejarnos entre tantas cosas como legado la Constitución Nacional de 1853, piedra basal que convirtió a nuestro país en pocas décadas en una potencia.

Un tipo genial, un fuera de serie, autodidacta, escritor, poeta, periodista, libretista y por sobretodo un ser sensible, soñador. Un personaje cruzado por eventos políticos  de aquellos tiempos, relacionado con todo el acontecer en el corazón de los hechos. Soñó con la Argentina que supimos ser y no se equivocó al cristalizar su logro.

Cabe preguntarse entonces, ¿hay personas imprescindibles? Y si no las hay ¿Cómo hubiera sido nuestro país sin él?

Alberdi junto a la generación del 37, Urquiza, Sarmiento y tantos otros supieron coordinar, incluso a pesar de las diferencias, el esfuerzo en pos de un objetivo superior que dio a luz una Argentina pujante. Gente con una talla inconmensurable que tanto necesitamos en estos precisos momentos.

Sin dudas fue un conjunto de grandes quienes arribaron a la constitución y a la construcción de esa república y su éxito posterior. Sin embargo el trabajo de Alberdi fue imprescindible en el momento oportuno… el kairós del que hablaban los griegos, ese manejo del momento preciso, adecuado, para hacer las cosas, solo un visionario podía ver el umbral a trasvasar, Alberdi señaló el camino y lo logró.

 

(*) Hernán Alcolea

Liberal

Técnico Industrial

Mar del Plata, 1° de Mayo de 2021