La desertización de la Argentina

Por: Mariano Baran (*)

Negocios cerrados, desempleo, pobreza e indigencia en aumento, vacunas que no llegaron. Los espejismos de un gobierno desorientado que se encuentra en el medio de diversos desiertos.

El 18 de marzo del 2021 en cadena nacional, el presidente de la Nación Dr. Alberto Fernández expresó que las dificultades que tenía el país para poder acceder las vacunas se debían principalmente al “desierto” que hay en el mundo por las mismas.

Me parece curioso que el primer mandatario haya realizado estas declaraciones cuando en diciembre del año 2020 prometía con absoluta confianza y seguridad que para esta altura del año el país contaría con aproximadamente veinte millones de inoculados con la vacuna Sputnik-V. A día de hoy hay solamente 7 millones de personas inmunizadas (entre la vacuna rusa, china y de Oxford) con una dosis y 869.471 con ambas. Esto lo único que hace preguntarnos es ¿eran esos 20 millones de dosis una realidad o solo fue el espejismo de un gobierno claramente necesitado de impulsar ilusorias y surrealistas “buenas noticias” para llevar a la población?

Otra pregunta que la mayoría en algún momento nos habremos realizado, ¿es el desierto de vacunas la razón por la cual Argentina no pudo cerrar los acuerdos con otros de los principales laboratorios y así tener el compromiso de vacunar a tamaña cantidad de personas? Claramente no. Es de público conocimiento que, en el caso de la negociación con uno de los principales laboratorios, Pfizer, la Argentina se encontraba en una posición privilegiada para la negociación debido a su gran aporte de voluntarios para la experimentación en las fases 2 y 3. ¿Cuál fue la vasta explicación del destituido y disoluto ministro Ginés González García? “Pfizer se comportó mal con nosotros”.

Si levantamos un poco la mirada sobre la cordillera más allá de sus horizontes y viramos la mirada después hasta las tierras cálidas del Brasil, parece ser que los enviados a negociar por parte del laboratorio se abstuvieron de tener un comportamiento inadecuado. Podemos ver que, gracias a ese acuerdo, hoy Chile cuenta aproximadamente con el 22% de su población inmunizada y es ejemplo en la región. Por el lado de Brasil, no podemos negar que la situación es mucho más compleja desde el punto de vista sanitario, pero esto no le quita valor a que hayan podido concretar acuerdos con el laboratorio en cuestión (Pfizer) por un total de cien millones de dosis. Creo que está de más mencionar que estos dos países se encuentran en una situación económica más privilegiada que la de la Argentina, pero no podemos negar que, aun así, nuestro país sigue siendo una potencia en la región y posee la capacidad suficiente para poder alcanzar acuerdos de la misma envergadura.

Pero ahora doblemos un poco la mirada de la situación sanitaria, que es claramente la más preocupante en este momento. No se puede negar que hay otros desiertos más amplios y que van a ser claramente difíciles de atravesar.

El desierto económico, generado como consecuencia de haber tomado medidas sanitarias desmedidas e inconscientes sin recaudo de cómo iban a impactar en la economía de los argentinos. Según la CAME cerraron 90.700 locales y 41.200 pymes, dejando a 185.300 personas sin trabajo. El panorama se vuelve más oscuro aun cuando notamos que el gobierno no ha sido capaz de presentar un plan económico que pueda generar expectativa de mejora, de inversión, estabilidad, algo para devolverle una esperanza a los ciudadanos argentinos.

Pero este no es el último, como consecuencia del anterior, se profundiza aún más el desierto social. Según el INDEC el desempleo alcanzó al 11% de la población (2.1 millones de argentinos), la pobreza trepa a un escalofriante nivel del 42%, según UNICEF, la pobreza infantil atraparía a 8.3 millones de niños. Estos datos son mencionados a modo de un rápido pantallazo de lo que es este yermo que se profundiza aún más cuando el propio gobierno (que ya de por si ve espejismos por doquier) quiere provocar espejismos a su vez en la población, dándoles “apoyo” con un plan social, o sea, subsidiando la pobreza para que algunos datos no resulten más desastrosos de lo que ya son. Siguiendo con la analogía, el gobierno está queriendo calmar su sed en el desierto con vasitos de agua, pero como es de esperarse, esta se va a terminar muy rápido. Lo que todavía preocupa más es, ¿qué va a pasar cuando el agua se termine?

Y para dificultar todavía más la situación, encontramos a una oposición que frecuenta los medios de comunicación donde no les tiembla el pulso para criticar fervientemente las medidas del gobierno enervando a los responsables que conforman o son afines a la administración de turno. Sin embargo, en el Congreso de la Nación que es el lugar donde verdaderamente deben demostrar su contraposición, se ha visto como apoyan (e inclusive impulsan) medidas que terminan repercutiendo de una manera negativa en la vida de los ciudadanos, generando más grieta, hiriendo de muerte los magros ingresos de sus bolsillos (por ejemplo a la hora de pagar un alquiler), apoyando la postergación del derecho de los ciudadanos a sufragar para así, quitarles la que puede ser al menos la única oportunidad concreta y la última esperanza urgente que tenga el ciudadano para cambiar el rumbo de la situación.

Esta es la realidad a la que se debe enfrentar el ciudadano de a pie. Vivir en un país donde no solamente no le resuelven sus problemas, sino que la clase política pareciera que a veces se pone de acuerdo para generarles aún más. Eso sí, al son de “la patria es el otro” y “de esta salimos mejores”.

(*) Mariano Alejandro Baran

Estudiante de Abogacía. Universidad de la Cuenca del Plata. Sede Formosa

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