La educación y el trabajo todo lo vencen

La educación y el trabajo todo lo vencen

 

No borro de la memoria aquel día en que fui aceptado en el Instituto Nacional. Fue una de las pocas veces que vi llorar a mi padre. Junto a mi madre, lloraban de emoción, de alegría, y por que no reconocerlo, de orgullo. Sabían que a partir de ese momento, el futuro estaba en mis propias manos y que la mejor herencia que me dejarían sería darme una educación de calidad. No podían pagar un colegio privado, por tanto entrar a un Liceo –más tarde denominado emblemático- era “la” opción.

Entrar al Instituto fue su objetivo de siempre. Mis padres, como la mayoría, desde 1º básico se preocuparon porque estudiara y me sacara buenas notas, inculcando esos hábitos que se adquieren a temprana edad.

A mis 12 años, intuía que “algo grande estaba pasando”. Sí, no era solo un cambio de donde estudiar, sería el inicio de una vida nueva. Lo primero, fue sacarme notas rojas y entender que si quería mantenerme en el colegio debía subirme al carro de la exigencia y del trabajo bien hecho.

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