LA PANDEMIA SIGUE ENSEÑANDO

Por: Marcos Graef (*)

El coronavirus fue algo necesario. La frase puede sonar fuerte al comienzo, pero es la verdad y negarlo es simplemente algo de necios. Fue algo necesario en lo político para destapar alguna de las caretas mejor arraigadas del mundo. Si se está al tanto de las últimas noticias de índole internacional, o si al menos se prendió el televisor en las últimas 72 horas para pasar meramente por algún noticiero, significa que se está al corriente de lo que está sucediendo en Canadá con su primer ministro, Justin Trudeau, y es que al mejor estilo de cualquier mero dictador, acaba de dictar una suerte de ley marcial en el país del norte, avalando entre otras cosas que los bancos, que dicho sea de paso me sorprende que haya gente confiando en dichas instituciones luego de tantos años de experiencias, pudieran congelar y confiscar las cuentas de los clientes que colaboren o formen parte de las protestas en distintas ciudades, además de otorgarle poderes extras a la policía montada, permitirles a las autoridades públicas la capacidad de prohibir las reuniones públicas, de poder confiscar camiones de remolque de empresas privadas para usarlas, si se considera necesario, el mover los grandes camiones que fueron reuniéndose estas dos semanas contra el gobierno del país principalmente contra las restricciones a la vida social y la vacunación obligatoria. Incluso se le permite la requisa de las propiedades privadas que considere necesarias para “controlar la situación”.

Esto nos deja algunas lecciones que en realidad ya había descrito hace un tiempo en mi primer artículo. En aquel primer desarrollo había expuesto que el gobierno, siempre amparado por supuesto en dos de sus tres grandes monopolios, el de seguridad y el de justicia, buscaría la manera de establecer algún tipo de “poderes especiales” que le permitan pasar por encima del individuo aún más si fuese posible. Lo cierto es que siempre se buscó algún tipo de situación especial para poder blindarse de capacidades especiales, pasó en todas las épocas históricas, se me viene a la cabeza ahora mismo la etapa Macartista en Estados Unidos, junto con las leyes de seguridad interna de 1950 que, entre otras cosas, permitía la persecución y detención de quienes estuvieran de acuerdo con las ideas comunistas, todo esto fundamentado en una paranoia propia de contexto incierto, pero al fin y al cabo finalizó en lo mismo, la capacidad del Estado de pasar por encima de las libertades individuales y del individuo mismo si lo considera necesario, todo siempre resguardándose en alguna excusa como “la guerra”, Trudeau contra el “coronavirus”, McCarthy contra el comunismo y la libertad de pensamiento.

La siguiente lección debería servir para los republicanos, los liberales clásicos y sobre todo los minarquistas, en estos últimos el énfasis es especial debido, principalmente, a que permite el fortalecimiento en los dos monopolios más peligrosos que posee el Estado, el de seguridad y justicia. Sucede que permitir que quien debe ser limitado, imponga él mismo los límites es simplemente ridículo. Es similar a ponerse a dieta encadenando el refrigerador y quedarse uno mismo con la llave, lo cierto es que siquiera el sistema de pesos y contra pesos que supuestamente plantea un límite al Estado sirve, ni hablar de la constitución, tan venerada por tantos liberales, sobre todo los padres intelectuales de dicha filosofía como Locke, que dicho sea de paso ayudó a escribir las constituciones esclavistas de lo que hoy es Florida y Virginia. ¿Qué quiero decir con todo esto? Que es, a esta altura de la historia, innecesario seguir creyendo y defendiendo la irracionalidad de las constituciones. Son meras hojas de papel que no significan nada si realmente el Estado desea pasar por encima de la población, su libertad y su propiedad privada. ¿Qué teóricamente es muy lindo todo? Por supuesto, después de todo, el liberalismo vio la luz con el objetivo de limitar el poder del rey, llegando a su punto más alto con las grandes revoluciones de la historia, pero incluso allí donde existió una constitución para limitar este poder real, como en la Revolución Francesa tantas veces venerada como liberal, lo cual es completamente falso, el autoritarismo de la ley positiva imperó, decantando en hechos como el primer genocidio moderno en la Vendee en Francia, en plena Revolución. Lo cierto es que hay fuentes que afirman que el total de víctimas de aquella masacre ronda y superan las cien mil víctimas, las cuales murieron, entre otras causas, por su pensamiento católico el cual había sido altamente perseguido en plena revolución. Le informo al lector que dicha masacre se llevó a cabo dos años después de haber sido establecida la primera constitución francesa resultado de la tantas veces adorada Revolución Francesa, la cual le debo un artículo. Si esto no convence al lector de mi punto de vista, lo invito a buscar qué sucedió con la población peruana japonesa a principios de 1940.

La última lección es que el Estado no está interesado en cuidar la propiedad privada del individuo, mucho menos su libertad, y de hecho no tiene incentivos para hacerlo, al depender exclusivamente de una fuente coactiva de ingresos que le permite sobrevivir en el tiempo aun haciendo las cosas mal, esta institución no encuentra incentivos en brindar un servicio que en última instancia debería adaptarse a los ciudadanos y no al revés.

Si la naturaleza del Estado es expansiva, sobre todo en épocas de bonanza económica como demuestra la evidencia de los países nórdicos por ejemplo, es tonto pensar que en el ámbito de las leyes el Estado vaya a ignorar la misma naturaleza expansiva e intervencionista que posee, sobre todo porque poseer un carácter expansionista en cuanto a las leyes, le puede resultar mucho más beneficioso en cuanto a la intervención en la vida del individuo y sus relaciones, que en el ámbito económico, incluso se está dispuesto a renunciar antes al monopolio monetario que al jurídico, denotando lo importante que es este último.

 

(*) Marcos Graef 

Estudiante de Ciencias Políticas en el ISARM, Posadas, Misiones.