La Revolución Fallida

Por: Canzoneri, Claudio I. (*)

Finalizada la primera Guerra Mundial y tras el fracaso de la II Internacional Socialista, una importante corriente doctrinal dentro del marxismo da por fracasada la teoría leninista de la conquista violenta del poder por la clase proletaria. En vez de copar por la fuerza el gobierno del Estado para cambiar la mentalidad de la sociedad, los militantes de izquierda “acomodados” en la sociedad –los socialdemócratas-, adoptan la tesis opuesta de cómo llegar al poder.

Para ellos es necesario, primero, transformar de raíz el alma humana, para que el poder caiga en manos de la izquierda, en palabras del propio Gramsci, “como fruta madura”. La contracultura, el antiamericanismo, el ecologismo, el pacifismo con dosis de violencia (la propia es buena, la ajena mala) y, en general, la predilección de la progresía contemporánea por todos los enemigos del sistema occidental, tienen su origen en este revisionismo marxista de principios del siglo pasado.

En la ilusión marxista clásica, provocando un cambio muy importante en las condiciones económicas de la sociedad seguiría, inexorablemente, un cambio en el pensamiento y la moral colectiva, naciendo un nuevo ideal de hombre que cumpliría, por fin, el ideal socialista anunciado por sus profetas. Según ellos, la implosión definitiva del capitalismo y la llegada de la revolución proletaria, eran tan sólo cuestión de tiempo.

Existían, sin embargo, junto a este pensamiento de marxismo especulativo, líderes partidarios de “empujar” a la historia a cumplir su destino. Uno muy importante fue Rosa Luxemburgo y su “gimnasia revolucionaria”, que las masas debían ir practicando para que la llegada marxista no los tomara desprevenidos. También estaba el popularmente conocido Lenin, que no creía que el sistema capitalista fuera a reventar por sí sólo; según Lenin, era necesario ayudar al proceso con las dosis necesarias de lucha revolucionaria, hasta llegar a la toma violenta del poder por la clase proletaria.

Cuando se llegó a las puertas de la primera Guerra Mundial, los dirigentes marxistas creyeron llegado el momento para el brote de la revolución proletaria en todo el continente europeo. Según la ortodoxia marxista, la clase trabajadora debía reaccionar unida ante el conflicto, al margen de los intereses de las burguesías dirigentes nacionales, negándose a luchar contra sus hermanos de clase. La tremenda crisis abierta por una guerra dentro del sistema continental capitalista, no podía tener más que una salida: La Revolución.

La famosa moción de Stuttgart de la II Internacional, proclamada en 1907, era suficientemente explícita al respecto:

“En caso de que la guerra llegase a estallar, los socialistas tienen el deber de intervenir para hacerla cesar inmediatamente y de utilizar con todas sus fuerzas la crisis económica y política creada por la guerra, para hacer agitación entre las capas populares más amplias y precipitar la caída de la dominación capitalista”.

Sin embargo, las especulaciones de la Internacional caerían en un desastre absoluto y, acarrearían el final de la propia organización, pues, a excepción de Rusia y Serbia por motivos muy concretos, los socialistas, junto con los sindicalistas y los anarquistas, participaron mayoritaria y entusiastamente junto con sus clases dirigentes para la defensa de su patria. ¡¡La intención de destruir la mística que anida en el alma del ser humano mostraba ser un error, y por lo tanto un fracaso!! (esto se repitió, luego, con la caída de la cortina de hierro y el fracaso del comunismo).

Antonio Gramsci fue uno de los primeros intelectuales marxistas que comprendió la necesidad de trasladar la lucha de clases al terreno de la cultura. Junto a Lukács, otro teórico del “terrorismo cultural” según su propia definición, fundarían los cimientos para la metodología de acceso al poder mediante la destrucción de los pilares morales de la sociedad que heredamos de nuestros ancestros; y en consonancia con estas teorías conspirativas, Willi Münzenberg, importante personaje directivo de la Komintern a principios del siglo pasado, se encargaría, eficazmente, de extender por occidente las consignas para la subversión.

El comunista Antonio Gramsci, fue uno de los pocos dirigentes marxistas a los que el fanatismo ideológico no le impedía cierta capacidad para el análisis, por lo que comprendió, tras visitar la URSS que el comunismo no funcionaba como sistema de organización social y que, de hecho, sólo subsistía penosamente bajo regímenes que empleaban el terror como elemento para la obediencia política.

Por otro lado, el húngaro Gregory Lukács, otro inteligente teórico totalitario, llegaba a las mismas conclusiones que su colega italiano. Lukács, además, tuvo la oportunidad de poner en práctica sus teorías durante la breve dictadura de Béla Kun, bajo la que desempeñó las funciones de comisario para la cultura. durante el tiempo que duró en Hungría la dictadura comunista, Lukács implementó un radical programa de educación sexual en los colegios, en el que los niños eran instruidos en las bondades del amor libre y los intercambios sexuales, así como en la naturaleza irracional y opresora de la familia tradicional, la monogamia o la religión, que privaban al ser humano del goce de placeres naturales.

En “La teoría crítica”, desarrollada en la escuela de Fráncfort, el sistema occidental es acusado de cometer toda clase de atrocidades contra el resto del mundo, de mantener sojuzgados a grandes sectores de la población (mujeres, minorías étnicas, homosexuales, etc., dicho de otra manera “discriminativo”) o de fomentar el desarrollo de todo tipo de conductas fascistas (“detrás de un burgués, se esconde un fascista”). Es un punto de vista que intenta inculcar pesimismo, sentimiento de culpa, en el alma de las clases medias capitalistas, a pesar de ser el tipo de sociedad más próspera y libre del planeta. Sin embargo, como escribió Aron, «todo régimen conocido es torpe y culpable si uno lo compara con un ideal abstracto de igualdad o libertad». Esta es la estrategia psicológica para convencernos de que vivimos en un infierno egoísta.

En “La tolerancia represiva”, Marcuse acusa a la clase burguesa, considerándola la causa directa de la opresión fascista que soporta la sociedad. Así como el marxismo clásico criminalizó a la clase capitalista, la Escuela de Francfort, a través de Marcuse, declaró culpable de los mismos delitos al sector formado por las clases medias. El desarrollo teórico posterior de esta idea seminal llevó a sus estudiosos a concluir que los individuos que crecían en familias tradicionales eran incipientes fascistas, nazis potenciales, al igual que los que hacen gala de algún síntoma de patriotismo, los practicantes de religiones tradicionales o, en general, los considerados conservadores.

Marcuse no hacía sino actualizar las directrices de órganos comunistas como el Comité Central del PCUS, que ya en la década del ‘40 instruía a sus cuadros con la siguiente consigna: «Nuestros camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente». (He sido víctima de esta consigna)

Bajo el ala amenazante de lo políticamente correcto, las únicas expresiones admisibles son las que ponen el acento en conceptos típicos de la agenda progresista como la justicia social, la redistribución de la riqueza o el tercermundismo anticapitalista. Por otra parte, mediante el “terrorismo” educativo, nuestros jóvenes tienen notables lagunas en las áreas clásicas de conocimiento (en algunos casos rayando en el puro analfabetismo), pero en cambio conforman las generaciones más hipersensibilizadas con los temas promovidos por la izquierda devenida en progresismo, como los riesgos del medio ambiente, la lucha contra la opresión capitalista, la tolerancia sin límites, el pacifismo sin condiciones, el multiculturalismo o el relativismo ético.

Por último, la única diferencia entre la conquista violenta del poder por una minoría totalitaria, sin engañar, imponiendo por la fuerza a sangre y fuego, como pretendía el leninismo, y la obtención del mismo por caminos “legales”, “democráticos”, como lo estamos viendo en América Latina, serán el tiempo y la manipulación.

(*) Canzoneri, Claudio I.

Fuente: investigaciones varias por Internet.