Más que un derecho, un deber (Thoreau o la desobediencia civil pacífica)


Por Enrique Esteban Arduino

 

“No importa cuán pequeño pueda parecer el comienzo: lo que se hace bien, bien hecho queda para siempre. Pero nos gusta más hablar de ello: esa, decimos, es nuestra misión. La Reforma cuenta con innumerables periódicos a su favor, pero no tiene un solo hombre. Dad vuestro voto completo, no una simple tira de papel; comprometed toda vuestra influencia. Una minoría es impotente sólo cuando se aviene a los dictados de la mayoría. Si un millar de personas rehusaran satisfacer sus impuestos este año, la medida no sería ni sangrienta ni violenta. Y esa es, de hecho, la definición de revolución pacífica, si tal es posible. Cuando el súbdito niegue su lealtad y el funcionario sus oficios, la revolución se habrá conseguido. Nuestros legisladores no han aprendido aún el valor relativo que encierra el libre comercio y la libertad, la unión y la rectitud. Nunca podrá haber un Estado realmente libre e iluminado hasta que no reconozca al individuo como poder superior independiente del que deriva el que a él le cabe y su autoridad. Un Estado que produjere esta clase de fruto y acertare a desprenderse de él tan pronto como hubiere madurado prepararía el camino hacia otro más perfecto y glorioso, que también he soñado, pero del que no se ha visto aún traza alguna.

La importancia de la desobediencia como motor de cambio y progreso no es un acto de rebeldía gratuita, sino un gesto cívico que puede cambiar el rumbo de la historia. Cuando los poderes públicos cometen abusos apoyándose en leyes injustas, la mejor alternativa es desobedecer sin miedo ni vacilación. “Bajo un gobierno que encarcela injustamente –sostiene Henry David Thoreau-, el lugar apropiado para un hombre justo es también la prisión”. No elude la confrontación con la realidad, es comprometido y consecuente con sus principios. Cuando se le exigió el pago de seis años atrasados de impuestos se negó, renegando a colaborar con un gobierno que consentía la esclavitud y que desarrollaba una guerra inmoral contra México. Terminó arrestado durante una noche, pero fiel a sus principios y valores.
Las disertaciones en el Concord Lyceum serían el punto de partida de su obra “Del deber de la desobediencia civil”, fuente de inspiración de, entre otros, León Tolstói, Mahatma Gandhi y Martin Luther King. Suscribe que “el mejor gobierno es el que gobierna menos”. Considera que la mayoría de las instituciones son perfectamente inútiles e ineficaces. No encuentra razones legítimas para obedecer a un gobierno injusto, pues la conciencia nos ordena primero ser hombres, individuos, conciencias libres y responsables, y sólo después, súbditos.
Thoreau opina que no son necesarias mayorías cuantitativas para armarse de razón: “Cualquier hombre que sea más justo que sus vecinos, constituye ya una mayoría de uno”. Elogia la desobediencia no violenta, pero también justifica la insurrección en circunstancias extraordinarias; entiende que la libertad no es un don gratuito, sino el fruto de un largo y complejo aprendizaje. Para Martin Luther King, la no violencia no es pasividad estéril, sino una fuerza colosal que puede transformar el mundo.
Y se pregunta: ¿es la democracia, tal como la conocemos, el último logro posible en materia de gobierno? ¿No es posible dar un paso más hacia el reconocimiento y organización de los derechos del hombre? Nunca habrá un Estado realmente libre e iluminado hasta que reconozca al individuo como poder superior del que deriva su autoridad.
Sobre este punto, aún hoy, Albert Espluges plantea y responde: ¿el Estado democrático tiene derecho a gobernarnos? El Estado no posee ningún derecho que, antes de existir, no poseyeran los individuos. Su legitimidad solo deriva de sus súbditos, que de algún modo deben haberle delegado, voluntariamente, el derecho a que los gobierne. El problema es que esta delegación de derechos no se ha producido jamás, y de hecho nunca podrá tener lugar. El Estado que nos rige lo hace sin autoridad, sin legitimidad. No se asienta sobre el consentimiento de los gobernados, no le debemos obediencia porque tenga un derecho a gobernarnos.
Ante un Estado corrupto e ineficaz, resistir es un esfuerzo necesario para volver a un estado de orden natural. Cuando un régimen de estas características rompe el contrato social que lo une a un pueblo, la rebelión cívica es justificada, como bien explica Ricardo Manuel Rojas en su libro “Resistencia no violenta a regímenes autoritarios de base democrática”.
Y se lo rompe abusando del poder que conferido, quebrantando normas legales y principios éticos, obstaculizando el libre accionar de la justicia y afectando a los individuos en su patrimonio con impuestos confiscatorios. Ya en la tradición escolástica, Juan de Mariana proponía castigar a los gobernantes que así actuaran.
Argentina debería recordar a Thoreau y su noche en la cárcel, y a los señores ingleses imponiéndose a la codicia de Juan sin tierra y la firma de la Carta Magna. Es necesario imponer límites a manejos decadentes. Una de las inflaciones más altas del mundo y una presión fiscal desmesurada, arrasada por la tormenta del populismo corrupto e ineficiente, cabe preguntarse: ¿hasta cuándo consentir las exacciones fiscales sin levantar la voz ante estos desmanes? ¿Por qué continuar pagando dinero que termina en manos sucias por la corrupción y la codicia desmedida? ¿Vamos a contemplar pasivamente cómo dilapidan nuestras riquezas y malgastan nuestros ahorros?
Creo que es tiempo de recordar a Thoreau, porque en nuestro país, Argentina, no está lejos el momento en que el único camino será la desobediencia civil pacífica, porque como bien expresaba Lysander Spooner, no habrá traición en desobedecer una Constitución que ya no tiene autoridad.

Enrique Esteban Arduino
Director Académico
Fundación Club de la Libertad
Corrientes, Argentina