‘Nos los representantes del pueblo…’

Por: Franco Marconi (*)

El preámbulo de nuestra Constitución Nacional es muy elocuente en términos de representatividad política y ejercicio de la soberanía del pueblo. La mismísima frase con la que se da comienzo al mismo evoca una serie de principios de la filosofía política clásica, en concordancia con la época en que fue sancionado (1853), que resume una forma de organizar la vida pública. Podemos nombrar algunos para refrescar la memoria del lector; Montesquieu, Tocqueville y Constant, entre otros.

A grandes rasgos podemos mencionar las principales consignas de estos tres pensadores sobre el ejercicio del poder del pueblo, y el rol de los representantes en este. Vemos que, con la premisa de una naturaleza humana que tienda a ‘Quien tiene poder, tiende a abusar de él’[1], es lógico que se busque que ‘El poder limite al poder’[2]. Asimismo, podemos entender de esto que es necesario comprender, dentro de las atribuciones de la soberanía popular, ciertas limitaciones que, al fin y al cabo, implicarían no conceder a nadie poder absoluto.

Tomando estas consideraciones del poder y considerando la concreción a un mundo habitado por millones en diversos espacios, se hace necesaria la existencia de representantes. Los famosos representantes del pueblo que ‘Reunidos en Congreso General Constituyente…’[3]. Estos mismos representantes, pensados en sus diversas formas por los pensadores que mencionamos y más, gozan de atribuciones dadas por la autoridad máxima de soberanía (el pueblo) para que limiten esa máxima soberanía y desempeñen funciones que este mismo no puede desempeñar. He aquí las tres ramas del gobierno, el ejecutivo, legislativo y judicial. La necesidad de transferir una porción de la soberanía popular creó el mecanismo de las elecciones, permitiendo legitimar a los representantes que salgan electos.

Ahora bien, como hemos dicho, se transfiere parte de la soberanía, no toda, por lo que el poder queda diseminado entre el mismo pueblo y los poderes que resulten de la elección; dando espacio para diferentes tipos de representación con diferentes opiniones, preservando el valor de las minorías. Esta primordial función del debate de las ideas distintas recae en el poder que mayormente representa al pueblo, aquel que tiene la mayor porción de soberanía debido a que, teóricamente al menos, se desempeña como un aparato simulador del pueblo; el poder legislativo. Así es que esta rama del gobierno se dedica a la sanción de leyes, las cuales obtienen la legitimidad solamente si pasan a través de este cuerpo. El ejecutivo toma como principal función la de ejecutar las leyes y políticas aprobadas desde el cuerpo del pueblo, y el judicial a prever del funcionamiento de esta ejecución.

Demás esta decir que toda esta teoría que hemos volcado a sufrido innumerables modificaciones, adaptaciones y distintas interpretaciones, pero la esencia está intacta.

Pasemos ahora a otras consideraciones que vienen a colación de los ‘representantes del pueblo’. A lo largo de este escrito asumimos que, si hablamos de representantes y su sistema, hablamos de una democracia. Es necesario que mantengamos esta línea, pero considerando lo siguiente: la democracia es un concepto complejo, no siempre evoca la soberanía limitada, ni tampoco a veces evoca un sistema de gobierno; esto es particularmente cierto si nos tomamos la molestia de leer a Tocqueville. Este pensador francés, hijo de las consideraciones de Montesquieu, concebía a la democracia como la igualación de las condiciones. A las condiciones de dignidad, de igualdad social, de igualdad en respeto, etc. Para él no podríamos plantear una igualdad material, ni menos una igualdad intelectual; el ser humano es disímil por naturaleza, lo que no implica que estas disimilitudes deben conllevar a diferentes órdenes de dignidad y derechos. Tal es así, que la democracia es una sociedad, no una forma de gobierno uniforme. Pueden existir democracias tiranas y libres. El despotismo, de acuerdo con Tocqueville, puede tener muchas formas…

Si consideramos ahora a Montesquieu, él si decide contemplar a la democracia como una forma de gobierno; la República Democrática. Para este autor, la República, sea en su forma democrática como en su forma aristocrática, es un régimen moderado, lo que implica la existencia de libertades y respeto por las leyes, así como la provisión de seguridad para sus ciudadanos. La cuestión de seguridad no recae en la fuerza coactiva del Estado, sino en una sensación de seguridad en términos de libertad, en términos de tranquilidad jurídica y cumplimiento efectivo de las leyes. Ahora bien, esta democracia[4] contiene en su haber una estructura, lo que es su naturaleza, y una pasión, aquello que le hace obrar. Para Montesquieu la naturaleza se centra en la soberanía del pueblo y en la elección de representantes por este mismo pueblo, aplicando todo lo antes mencionado. Aquello que promueve su correcto funcionamiento es la virtud; la pasión por la igualdad y el florecimiento de la patria. Vemos aquí que Tocqueville se condice con Montesquieu en sus consideraciones sobre la igualdad social que emana de la democracia.

Todo este recuento teórico que hemos realizado tiene un objetivo. La sociedad moderna argentina, si bien en la teoría se condice con lo que expresa su Carta Magna, ha desechado en gran parte estas concepciones de limitación del poder y limitación de la soberanía popular. En repetidas ocasiones hemos presenciado cómo corrientes absolutistas arengadas por una sensación de poder incontrolable han llevado a las mayorías a condenar a las minorías disidentes por considerarlas contrarias al pueblo. La exaltación de líderes altamente carismáticos y con tendencias de corte autoritario han tensado hasta límites impensados el insumo básico de esta democracia. El pueblo no es una unidad que sigue un pensamiento fijo, por lo que las diferencias en las sociedades que avalan las elecciones son parte esencial de su funcionamiento. ¿Cómo es posible, entonces, que se aclamen y vitoreen ataques constantes a la oposición? ¿Con qué derecho acusan los gobernantes de turno a los disidentes de enemigos del pueblo, de ser el anti – pueblo? La condición sine qua non de una sociedad democrática es la igualdad, por lo que poner en pie de inferioridad o de enemistad a un individuo por disentir no es más que una práctica autoritaria, despótica. ¿Cómo es que estos ‘representantes del pueblo’ no representen a todo el pueblo? No existe la ‘Patria Peronista’ y la ‘Patria Anti – Peronista’. ¿No es acaso un pilar fundamental de la democracia la libertad? ¿De qué libertad goza el anti – pueblo si todo su accionar es condenado y hasta violentado?

Estos líderes que proclaman esta división se apoyan en un recurso filosófico de la soberanía sin restricciones. Su principal pensador, Jean – Jacques Rousseau, rechazaba toda representatividad y delegación de soberanía. El pueblo, el soberano absoluto, no podía prestar sus capacidades de sanción, de legislación y funcionamiento del gobierno, este debía gobernar por si solo. Tal es así, que la autonomía hacía a la libertad, por lo que cualquier sujeción o control del soberano era una privación absoluta al pueblo, y por tanto era condenable. Esta retórica que, en esencia plantea la autonomía y el autogobierno de la sociedad, es usada para plasmar una visión de total impunidad por estos líderes. El impedir el control de las masas y arengar la condena de aquellos que, supuestamente, evitan que se realice la voluntad general del pueblo, lleva a que se cometan atrocidades en nombre de la mayoría contra la minoría. Esa libertad que se quería evitar coartar transforma la condena en violencia y destruye la fundación misma de la democracia.

¿Qué son los representantes del pueblo sino los representantes de toda la sociedad? ¿Cómo es posible entonces que la sociedad argentina, embebida como está de los conceptos de democracia que planteamos, avale la existencia de tales liderazgos? ¿Debemos permitir que estos dominen todo sentimiento social y nos lleven a la completa alienación del concepto de igualdad social?

[1] Montesquieu, Espíritu de las Leyes.

[2] Misma referencia.

[3] Preámbulo de la Constitución Nacional de 1994.

[4] Daré un uso indistinto entre democracia y república democrática para mayor sencillez.

 

(*) Franco Marconi

Estudiante de la Licenciatura en Ciencias Políticas en la Universidad del CEMA.