Una huella fértil

Por: Bertie Benegas Lynch (*)

Es una caricia para el alma y una enorme satisfacción que mi amigo Alberto Medina Méndez, Presidente de la Fundación Club de la Libertad, me haya honrado con la oportunidad de participar en un homenaje a mi padre, mi mejor amigo, Alberto Benegas Lynch (h.)

Aún cuando a Papá le he expresado personalmente mi admiración y agradecimiento, la posibilidad de ponerlo en blanco y negro y hacerlo público, tiene un significado especial.

Mi querido Viejo siempre trasmitió a sus hijos la importancia de dejar testimonio en la vida, dejar una huella trascendente para contribuir a que el mundo sea un poco mejor. Su ejemplo siempre se manifestó a través de sus actos y, su huella, tiene cimientos en los valores morales y la integridad innegociable en un mundo que parece ir siempre a contracorriente.

Cuando el General Douglas Mac Arthur en su escrito “A Soldier’s Prayer for His Son” durante los agobiantes inicios de la Guerra del Pacífico, se refería a cuán críticos son los contextos difíciles y los duros desafíos para echan mejores raíces y fortalecer el espíritu. De la mano de las convicciones y la rectitud, siempre en un entorno adverso a las ideas liberales, mi padre construyó un carácter en el que nunca buscó la aprobación de otros hombres y nunca exploró “…the path of the ease and confort…” y ha sido capaz “…to stand up in the storm…” como reza el legado espiritual de Mac Arthur.

El primer día de cada una de sus cátedras, presenta las siguientes consignas a sus alumnos: interrumpan mi exposición en cualquier instancia si algo no queda claro; si queda claro y no están de acuerdo, intercambiemos puntos de vista y, si está claro el mensaje y están de acuerdo, hagan el ejercicio del abogado del diablo. A diferencia de algunos profesores que repiten su clase con más o menos apatía, el estímulo y aprendizaje que encuentra mi Viejo en el dictado de clases, lo encuentra en los alumnos que lo desafían intelectualmente.

Especialmente en los últimos años, noto acentuada su característica inclinación a meterse deliberadamente en el ojo de la tormenta, es decir, entrar en grupos académicos de otras corrientes de pensamiento o que tiene especial aversión por el liberalismo. Generalmente a cierta edad, mucha gente que se siente que ha hecho su parte y ha cerrado una carrera exitosa, prefiere navegar aguas tranquilas y templadas. Sin embargo, mi padre siente que el reloj biológico lo llama a doblegar sus esfuerzos en la difusión las ideas de la libertad. Por ello, a la incansable tarea de difusión de las ideas liberales en ámbitos amigos, nunca abandonó la tarea de romper paradigmas en espacios donde poco se ha sembrado el ideario liberal.

Insiste en la importancia de que cada persona de bien debe tomar como propia la diaria defensa de los valores de la libertad y los derechos individuales. Cada uno debe hacer su aporte, si es que se quiere vivir como hombres libres. Repite ad nauseam y en forma figurada, que no podemos estar sentados pasivamente en el auditorio y pretender que sean otros los que hagan en soledad todo el trabajo escénico. Esta reiterada prédica de mi padre, me hace imaginar una gran cinchada donde en un extremo de la soga -que está en permanente tensión-, se encuentran los colectivistas y, en el otro, los liberales.

La realidad es que la cinchada de la batalla cultural es desigual. Demasiada gente de bien mira las alternativas desde afuera como si se tratara de algo totalmente ajeno a su vida, ajeno al fruto de su trabajo y al futuro de sus hijos. También suelo ilustrarlo invitando a pensar lo siguiente: la diferencia que estemos en un maravilloso escenario natural de Escocia luchando cuerpo a cuerpo como en las épocas de las monarquías absolutistas o jugando al golf, depende de lo que seamos capaces de hacer todos los días para garantizar nuestros derechos a la vida, a la libertad y a la propiedad.

Mi Viejo siempre dice que, si no fuera por su padre, él hubiera sido marxista o keynesiano ya que, todo el input académico que recibió, incluso en sus dos doctorados, estaba cargado de esos contenidos y de profesores de corrientes predominantes de la época. Mi abuelo, gerente general y presidente del directorio de una empresa familiar, era muy consciente de lo indispensable que resulta poner el granito de arena en la batalla cultural. Y vaya que lo hizo!

En 1942, Alberto Benegas Lynch (padre), junto a William Chapman, José Santos Gollán (h) y Carlos Luzetti, comenzaron un seminario para discutir uno de los primeros libros de la Escuela Austríaca disponibles en la plaza local (Prosperidad y Depresión, de Gottfired Haberler.) Con ello se comienza a reavivar en la Argentina el fuego de las ideas de Juan Bautista Alberdi que se habían abandonado a principios de 1900.

En el año 1950, mi abuelo visita en New York a Leonard Read, de quien se había hecho muy amigo. Cuatro años antes, Read había fundado la Foundation for Economic Education que estaba en plena actividad. Luego de esa visita, Read llama por teléfono a Ludwig von Mises para promover un encuentro entre mi abuelo y el gran referente austríaco, hecho que tuvo lugar en la New York University. Luego de esa reunión, Mises le escribe a Chicago a Friedrich von Hayek para propiciar otra reunión entre mi abuelo y quien, muchos años después, sería Premio Nobel de Economía. Dicho encuentro personal tiene lugar en esa cuidad de Illinois.

Años después, mi abuelo funda en Buenos Aires el Centro de Estudios Sobre la Libertad, la institución pionera en el resurgimiento del liberalismo en Argentina. El CESL, becó a jóvenes para carreras de grado y posgrado en el exterior, tradujo y publicó más de cuarenta títulos de los grandes pensadores liberales para el mundo hispanoparlante; mantuvo vigente durante cuarenta años la revista Ideas Sobre la Libertad y, para dictar seminarios en Buenos Aires, trajo a Mises en 1959, luego a Hayek, Bruno Leoni, Sylvester Petro, Henry Hazlitt, Hans Sennholz, Donald Dozer, Arthur Shenfeld y muchos otros más.

Mi padre tuvo la posibilidad de contrastar el “otro lado de la biblioteca” y, en 1968, viajo a FEE y se dio el lujo de tener a todos los campeones de libertad arriba mencionados como profesores. En el caso de Mises, asistió a sus clases en NYU. También asistió a un seminario que Murray Rothbard dictó en su casa. En el caso de Hayek, en 1984, a propósito de una reunión de la Mont Pelerin Society en Cambridge, participó de un seminario dictado para un grupo de los miembros de esa prestigiosa institución.

Papá, en 1972, publica por primera vez un texto donde se introducen las contribuciones de la Escuela Austríaca en el mercado hispanohablante, obra que hoy lleva 12 ediciones.

En 1978, empresarios que entendieron que resulta crítico dedicar tiempo y recursos para la “eterna vigilancia” de la libertad, apoyaron el proyecto de mi padre para constituir ESEADE, escuela de negocios de la que fue rector durante 23 años y que, con un extraordinario equipo, fue la primera institución privada que ofreció un título de maestría en la Argentina.

ESEADE, en contraste con otras corrientes de pensamiento -que también se enseñaban-, fue la casa de altos estudios de mayor relevancia e impacto para el debate y fortalecimiento de principios asociados al respeto recíproco y a la dignidad del hombre a través de la propiedad privada, los derechos individuales, el mercado libre y la inviolabilidad de la justicia. Esos principios necesarios para el desarrollo del ser humano y para la actividad empresarial, se conjugaban con los valores y las herramientas técnicas de excelencia para destacarse en el mercado laboral.

Recuerdo que, durante el receso académico, disfrutábamos en enero de las vacaciones de verano en un campo en General Villegas. Papá no se tomaba tregua. Después de disfrutar de programas con su mujer y sus hijos, aprovechaba las horas de nuestro descanso o cuando estábamos entretenidos con los caballos para avanzar con algún libro que estaba escribiendo o redactaba alguna columna para mandar a la redacción de algún diario.

ESEADE, entre otras cosas, le permitió a Papá conocer mucha gente generosa entre los benefactores y adherentes de la institución. Sin embargo, como es lógico, habían algunos accionistas o dirigentes de empresa que comprendían la importancia de las actividades de ESEADE mas que otros. Recuerdo que, al regreso de esas vacaciones de enero, lo esperaban invariablemente en el escritorio de su oficina, cartas de cancelación de becas. Muchas de ellas se podía suponer que eran conexas con los contenidos de aquellas columnas de opinión veraniegas; otras cartas, expresamente validaban la baja con su descontento. El viejo, nunca resignó un ápice su discurso y su pluma que estaban enfocadas, como dice él, a “correr el eje del debate.”

Durante esos 23 años además de sus actividades docentes, sus artículos, libros y ocupaciones gerenciales, participaba incansablemente en programas de televisión y radio. A partir de fines de 1990, se dedicó más exclusivamente a la cátedra, a escribir otros libros, ensayos, artículos semanales y a las responsabilidades implicadas en padrinazgos de tesis doctorales de alumnos brillantes.

Esta muy breve síntesis, sirve como excusa para manifestar la enorme admiración que tengo por mi padre y el impagable agradecimiento por su legado, su ejemplo, sus enseñanzas en los valores trascendentales y el acompañamiento en la formación de mi carácter y el de mis hermanos, la autoestima y la personalidad.

(*) Bertie Benegas Lynch

Magister en Economía y Administración de Empresas.
Columnista de secciones de economía en Ámbito Financiero, The Independent Institute, Infobae y La Prensa