Violencia de género: ¿afecta igual a hombres y mujeres?

Por: Mauricio Javier Giucich Regúnega (*)

Para posteriormente adentrarse en el meollo del tema que interesa a este escrito, menester es empezar por el axioma primero: su definición. Mientras que la violencia hace referencia a la acción y efecto de violentar, el complemento del nombre del presente enunciado, esto es, género, hace referencia al tipo de violencia ejercida; a saber, sobre cualquier género, siempre y cuando se dé por el mero hecho de pertenecer al mismo.

Ahora bien: ¿qué es género? Dicho significante –anteriormente significando la categoría gramatical inherente en sustantivos y pronombres, codificada a través                                                                                     de     la concordancia en otras clases de palabras y que en pronombres y sustantivos animados puede expresar sexo–, hoy día se encuentra con una mácula ideológica; tal es el caso de la violencia de género. El término denota, pues, el intento de explicar la sexualidad humana, totalmente desarraigada de su naturaleza biológica, entendiéndola únicamente desde la cultura; como un constructo auto-determinado en pos de suplir una insatisfacción en la identidad. Una identidad entendida –equívocamente– desde un dualismo antropológico platónico; y, por ende, creyendo como solución el pseudo-tratamiento de la autopercepción. La coyuntura actual vislumbra las consecuencias inherentes a una antropología mal entendida. Pero como la antropología filosófica no incumbe al presente artículo, baste lo dicho y sígase ahondando en el tema que interesa.

Si se pretende entender las causales de violencia, y llegar a sus posibles soluciones, fundamental es desprenderse completamente de todo tiente ideológico y analizar el tema desde la objetividad racional y empírica. Es por esto que, mientras muchas personas basan su opinión del tema en emotivismos, sesgados bajo lentes ideológicos –llegando a conclusiones erradas como “la violencia a X persona se da por el hecho de su condición genérica”; y, por ende, a propuestas de políticas públicas fallidas desde el vamos–; aquí, el análisis se mantendrá al margen de cualquier error como aquél, para evitar caer en alternativas que nada solucionan. Siguiendo esta línea, y a sabiendas de que el tipo de violencia a tratar se da, en casi la totalidad de sus casos, en el entorno familiar y/o de relación afectiva; de ahora en más entiéndase violencia intrafamiliar como     el correcto enfoque del tema, en detrimento de violencia de género.

La violencia intrafamiliar puede darse de diferentes maneras, por distintas causas, y los roles víctima-victimario fluctúan entre los integrantes del núcleo familiar. Así, la violencia puede manifestarse mediante el maltrato psicológico, verbal, físico, etc. En cuanto a la pluralidad de causas, podría decirse que las más comunes son el alcohol, la drogadicción y los celos (a diferencia de los avaladores de la teoría de violencia de género que sostienen que la causa es la condición de ser mujer u hombre). Mientras que los roles víctima-victimario pueden caer sobre la mujer o sobre el hombre indistintamente.

No obstante, al analizar los casos de violencia se nota una gran diferencia entre cómo infringe violencia el hombre hacia la mujer, y cómo lo hace la mujer hacia el hombre. Mientras que de hombre a mujer es característica la violencia física, de mujer a hombre característica es la violencia psicológica; esto se da por la condición física/biológica de cada sexo –mientras que el hombre posee un cuerpo más abultado, la mujer es más rápida y capaz en cuanto al habla y las palabras–; sin embrago, ambas tienen en común el maltrato verbal como precedente o concomitante a las mismas. Es por esos motivos que causa mayor aversión e impresiona en mayor medida la violencia de hombre a mujer, ya que deja secuelas físicas, y tanto la víctima como su círculo social

 

pueden notar con mayor facilidad las consecuencias de dicho maltrato. Por otro lado, el efecto resultante de la violencia de mujer hacia hombre, es más difícil de ser advertido, debido a que el maltrato no se vislumbra a simple vista, sino con un análisis minucioso sobre los pequeños cambios de comportamiento y/o de humor. La presente coyuntura hace que en el juzgamiento público se condene más la violencia física, y en consecuencia, al hombre; el producto inherente a esto es que pase desapercibida la violencia psicológica, y en consecuencia, la mujer (esto hace que grupos ideológicos colectivistas busquen generalizar el compartimento subjetivo y posicionarlo como algo innato a dicho sexo – ejemplo: de “X hombre es violento” a “los hombres son violentos”–). A modo de ejemplificar, se podría hacer un paralelismo con las lesiones físicas de un niño (sangrado, hematomas, huesos rotos) y cómo éstas impresionan y preocupan más que las lesiones psicológicas de otro niño (depresión, etc.). No obstante, y trayendo a colación la célebre máxima “las apariencias engañan”, nacen las siguientes preguntas: ¿la violencia intrafamiliar, sabiendo que es de naturaleza diferente dependiendo de quién cumpla el rol de victimario, afecta de igual manera a las víctimas? ¿Si bien las formas en que se infringen son distintas, los resultados de ellas alcanzan un mismo grado de severidad? ¿La persona que ha sufrido daños físicos sufre en igual modo que la que padece depresión? ¿El dolor físico/corporal es peor o igual al dolor psicológico/espiritual?

El auge de la psicología brindó al mundo un abanico de alternativas de nuevas maneras de sufrimiento: aquellos que radican en la psique y no se vislumbran a simple vista, pero que con el tiempo, si no se tratan, acarrean consecuencias físicas auto- infringidas por la persona; incluso, en casos extremos, llevan a alguien al suicidio o a la venganza de su victimario. Siguiendo esta línea, se entiende que los problemas de índole psicológicos, aunque no sean tan notorios de buenas a primeras como lo son los daños físicos, no deben tomarse a la ligera y, menos aún, subestimarlos. El problema radica en que las consecuencias del maltrato psicológico no se notan automáticamente, sino que se dejan ver con el pasar del tiempo, por lo que el mismo parecería causar en quien maltrata sentimientos de menor culpabilidad y escrúpulo, que en aquél que maltrata físicamente. Es por esto que la manera de erradicar este mal se encuentra en la concientización y, si es posible, desde temprana edad: nótese, por ejemplo, el incremento de políticas escolares en pos de disminuir lo más posible, y hasta anular por completo, el bullying estudiantil.

Sin embargo, el punto de este escrito no es el de sentenciar que un tipo de violencia es más grave que otro, sino de hacer ver la igual repercusión y resultado en la persona que se encuentra en el rol de víctima; si bien, violencia física y psicológica son diferentes, ambas son caminos con una igual meta: a corto plazo, la infelicidad y sufrimiento; a largo plazo, la pérdida de sentido de la vida y el posterior suicidio o venganza hacia el victimario.

Por todo esto, y respondiendo las preguntas más arriba planteadas, claro está que hombres y mujeres que padecen violencia, aunque de modo diferente, sufren de igual manera y con el mismo grado de consecuencias. Felizmente, entre la dicotomía violencia física y psicológica –característica de grupos ideológicos–, puede vislumbrarse una tercera opción: la supresión de toda clase de violencia –característica de personas que analizan la problemática desde el plano objetivo–. Pero si verdaderamente se desea optar por la tercera opción, se debe dejar de analizar la problemática con lentes ideológicos, y buscar los verdaderos causantes (como, por ejemplo: los problemas económicos, los

 

celos, infidelidades, el alcoholismo, la drogadicción, etc.) para llegar a soluciones que sí  solucionen el problema.

En cuanto a la violencia de mujeres a hombres, la psicología actualmente está dando una gran batalla contra el pensamiento que tiende a disminuir las secuelas que deja la violencia psicológica, pero se encuentra con un inconveniente, en que el hombre promedio que padece de esta, por orgullo y virilidad, tiende a auto-convencerse de que no se encuentra en dicha situación, y por ende, no denuncia ni se trata. Sin embargo, cada vez son más los hombres que lo hacen y eso denota cómo cada vez más se van tomando en  serio los problemas psicológicos.

En cuanto a la violencia de hombres a mujeres, ya existen mecanismos para denunciar dicha realidad de manera más rápida, pero lamentablemente existen dos grandes problemas: 1) las políticas públicas que se imparten para contrarrestar la violencia en cuestión se fundamentan en una premisa equívoca –la de la violencia de género, dada por el odio al género contrario por el mero hecho de pertenecer al mismo– por lo que no se puede alcanzar una solución verdadera, y las estadísticas de cada país que cae en dicho error lo demuestran; 2) la corrupción e impunidad característica de la coyuntura sudamericana, resultante de la cultura del soborno y el amiguismo. Sin embargo, poco a poco se va viendo que las mujeres, y personas en general, se percatan de lo fallidas de dichas políticas públicas; el problema radica en que el fanatismo ideológico, impulsado por el establishment progresista, no deja buscar alternativas porque sería políticamente incorrecto proponer las mismas.

La violencia, como todo problema, tiene solución, y no es imposible llegar a la misma. Para hacerlo, hay que atacar la raíz de la problemática, sus verdaderas causales, e implementar políticas públicas correctamente direccionadas, en función de ir disminuyéndola. Hay mucho trabajo por hacer, un largo camino por recorrer para llegar a una realidad con violencia mínima, y como el proceso es lento, puede acarrear pensamientos pesimistas que no logren vislumbrar luz al final del túnel, pero es preferible caminar lento que no hacerlo. A la lucha de la ciencia psicológica, hay que sumarle la lucha por la no corrupción e impunidad, una involución ideológica en pos de volver a analizar el problema desde sus inicios, pero desde un análisis objetivo; y, por último, pero no menos importante, una educación de calidad con un enfoque correcto. Solo así, se podrá alcanzar los que todos anhelan: interrelaciones personales sin violencia y una sociedad respetuosa, educada y pacífica entre sus pares.

 

(*)Mauricio Javier Giucich Regúnega

Estudiante de Derecho en la Universidad Nacional de Asunción

Estudiante de Filosofía en la Universidad Católica de Valencia

Diplomado en Sexo y Género en el Debate Público por Grupo Sólido