La agonía de Hong Kong

Por Hugo Kulman.

ANTECEDENTES

La isla de Hong Kong, tradicionalmente parte del territorio de la China, fue cedida al Reino Unido en 1860 tras la derrota en la segunda guerra del opio, convirtiéndose desde entonces en la base comercial del Imperio Británico en sus intercambios con China.

La importancia económica de Hong Kong fue creciendo en directa proporción a la prosperidad de la China continental luego de las reformas impulsadas por Deng Xiaoping en la segunda mitad de la década de 1970; ya que la crónica inseguridad jurídica y la acentuada diversidad de costumbres comerciales de China con respecto a Occidente, hizo que prácticamente todo el comercio hacia China se canalice por intermediarios en la isla.

Esta trascendencia de la colonia británica se vio acentuada aún más cuando a mediados de la década de 1980 la actual Bolsa de Hong Kong empezó a funcionar, creando el mercado financiero más importante de Oriente, y el tercero en importancia en el mundo detrás de Nueva York y Londres, debido a que en dicha plaza bursátil cotizan todas las empresas de la próspera cuenca del Mar de la China.

La situación colonial de Hong Kong empezó a ser revertida a partir de 1990 cuando el Reino Unido devuelve a China la isla en el marco de un tratado conocido como “un país, dos sistemas”, en virtud del cual la China recuperaba la plena soberanía sobre ese territorio, pero asumía el compromiso de no modificar la situación jurídica, los derechos y las libertades de los residentes hasta 2040.

 

ACTUALIDAD

La fórmula “un país, dos sistemas” se dice que fue propuesta por el mismo Deng Xiaoping, por lo que la actual crisis en Hong Kong pareciera ser una violación a aquel tratado. Sin embargo, para comprender cabalmente la dimensión del problema, cabe analizar el comportamiento de China desde el final de la “revolución cultural” en los 70.

Kissinger estima que es un error muy común en Occidente ver a la China como un país nuevo y diferente, cuando debería analizárselo como la continuidad del imperio más antiguo de la historia humana cuyos orígenes se pierden en la oscuridad de los tiempos más allá del año 5.000 AC (Kissinger, Henry “China”, 2011).

Desde ese punto de vista, las reformas pro-mercado introducidas por las sucesivas autoridades chinas no debieran verse, al modo occidental, como una forma de hacer progresar a los ciudadanos chinos, sino de fortalecer la economía de un imperio resurgente. Esta suposición se ve ratificada por las decisiones del Comité Central del Partido Comunista de China de noviembre de 2012, que le impone a las autoridades ejecutivas que para el año 2049, China debe ser la primera potencia del mundo, en conmemoración del centenario de la creación la República Popular China (1949); y a este fin designaron al actual dirigente Xi Jinping.

Con lo cual la actual crisis en Hong Kong debe ser interpretada en el marco del surgimiento de esta nueva potencia regional que pretende poner en revisión las reglas que en la zona impusieron las potencias occidentales.

La actualidad de la isla es paradójica, pues mientras miles de manifestantes repudian las claras medidas despóticas de las autoridades chinas, las señales del mercado no se han visto alteradas. Hace una semana el Wall Street Journal informaba que las cotizaciones ya se habían recuperado y que los principales agentes bursátiles estimaban que la nueva ley de seguridad sólo impediría los disturbios sin alterar las reglas económicas.

PROYECCIÓN

La suerte de Hong Kong, como del mismo Taiwan, hoy dependen del apotegma llamado “el dilema de Tucídides”, según el cual toda vez que en un sistema geopolítico aparece una potencia nueva que pretende revisar las zonas de influencia, ello termina inexorablemente en una guerra. Tal fue lo ocurrido en la Guerra del Peloponeso, las Guerras Púnicas, y las guerras prusianas del siglo XIX.

 

La dinámica de la actual situación se vio acelerada en los últimos tiempos por dos fenómenos: el advenimiento de Trump y la crisis sanitaria del Coviv-19.

Los principales asesores presidenciales demócratas y republicanos estaban de acuerdo básicamente en que “si tratamos a China como un enemigo, estamos garantizando un enemigo en el futuro. Si tratamos a China como un amigo, no podríamos garantizar la amistad, pero al menos podríamos mantener abierta la posibilidad de obtener resultados más benignos» (Joseph Nye); esta convicción cambió radicalmente con el advenimiento de Trump que en el reporte de “Estrategia de Seguridad Nacional” del año 2017, definió clara y categóricamente a China como un enemigo de EE. UU., aunque en la práctica eso no modificara sustancialmente las relaciones con China, por más que se retiró del Acuerdo Transpacífico.

Por otra parte, la forma en que se manejó la pandemia en China, causó severas críticas al líder Xi Jinping; por lo que algunos analistas ven en la hiperactividad en Hong Kong y Taiwan un modo de tratar de recuperar popularidad por parte de XI.-

Indudablemente el Mar de la China se ha convertido en el principal foco de conflictos geopolíticos como lo fue en su época el Mediterráneo; según cómo se recreen las reglas de convivencia y la acción de EE. UU. en la región la solución será pacífica o no; pero lo que indudablemente está por reducirse en la región es la libertad, pues la preeminencia de la cultura política china en la cuenca del Mar de la China es antitética a las reglas más básicas de la vida en libertad, que ellos ven como un prejuicio cultural occidental.-

 

Hugo Kulman
Fundación Club de la Libertad

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