Ariel Roberto Cáceres
El 3 de febrero ocupa un lugar singular en la historia argentina. No es una fecha más,
condensa un sentido político e institucional profundo. En 1852, la Batalla de Caseros
puso fin a un prolongado ciclo de poder concentrado y abrió definitivamente el camino
hacia la organización nacional. Más que una victoria militar, Caseros significó el triunfo
de un proyecto político; el de una Nación constitucional, integrada por provincias con
voz propia. En ese proceso, Corrientes tuvo un rol protagónico, coherente con una
tradición de oposición persistente al régimen de Juan Manuel de Rosas.
Caseros fue el desenlace de una tensión prolongada entre dos concepciones del
poder. Por un lado, el totalitarismo personalista de Rosas, traducida en la
centralización política y económica ejercida desde Buenos Aires; por el otro, la
aspiración federal de las provincias a participar en igualdad de condiciones en la vida
nacional. Corrientes se destacó tempranamente como una de las provincias más
firmes en su resistencia al rosismo, asumiendo altos costos políticos, militares y
económicos. Esa oposición no fue circunstancial ni meramente coyuntural: respondió a
la defensa sostenida de las autonomías provinciales y a la convicción de que solo una
Constitución podía ordenar institucionalmente al país.
La participación correntina en el Ejército Grande, comandado por Justo José de
Urquiza, expresa con claridad esa tradición política. En Caseros no solo combatieron
tropas, sino también ideas. Entre los jefes militares se destacó el general correntino
Benjamín Virasoro, figura central del federalismo litoraleño. También, participó en la
batalla Nicanor Cáceres, un militar correntino que posteriormente adquiriría relevancia
en el escenario político-militar del nordeste argentino.
La presencia correntina en Caseros reafirmó el carácter verdaderamente nacional de
la coalición que puso fin a más de 20 años de gobierno Rosas. El triunfo del 3 de
febrero de 1852 no solo implicó su derrota, sino que hizo posible la sanción de la
Constitución de 1853 y el inicio de una nueva etapa histórica. A partir de entonces, la
Argentina comenzó a pensarse como una Nación organizada, con instituciones, leyes
y un horizonte común. Caseros no resolvió todos los problemas, pero sin Caseros la
organización nacional habría sido mucho más difícil.
Ese mismo día del calendario recuerda también otro hecho trascendental; el Combate
de San Lorenzo, ocurrido en 1813. Aquel enfrentamiento marcó el bautismo de fuego
del Regimiento de Granaderos a Caballo y consolidó el liderazgo militar de José de
San Martín. Allí también hubo presencia correntina, encarnada en la figura del
Libertador y de Juan Bautista Cabral, cuyo sacrificio quedó grabado en la memoria
histórica. San Lorenzo representó el inicio del camino militar hacia la independencia;
Caseros, décadas después, abrió el sendero político hacia la organización del Estado.
Que ambos acontecimientos compartan fecha invita a la reflexión. ¿Se trata de una
simple coincidencia o de una forma de destino histórico? Más allá de la respuesta, el 3
de febrero condensa una continuidad: la de un país que se construyó en la tensión
entre armas y política, entre centralismo y federalismo, entre proyectos contrapuestos
de Nación. En esa continuidad, Corrientes, la tierra de la Libertad, aparece
reiteradamente como protagonista. Recordar Caseros es, en definitiva, recordar el día
en que la Argentina comenzó, a organizarse como Nación.
Ariel Roberto Cáceres
Profesor en Lengua y Literatura
Nivel Secundario y Superior
Colaborador del Club de la Libertad