Día de la Constitución Nacional y del Trabajo

Por Ricardo Leconte (h) (*)

Se celebró ayer el Día del Trabajo, acontecimiento festejado por todos, pero también se cumplió esa jornada los 163 años de la sanción de nuestra Constitución Nacional, ambos hechos se encuentran entrelazados, por el común propósito de lograr para nuestra República Argentina, más y mejores condiciones de trabajo, ese es un anhelo de todos.
Acontecimientos íntimamente relacionados, porque al preguntarnos como generar mayores oportunidades, nos percatamos de la importancia que la sanción de la Constitución tuvo para el desarrollo de nuestro país y consecuentemente para la creación de trabajo.
La sanción de la Constitución de 1853 fue un hito histórico que daría paso a seis o siete décadas de continuo progreso. Las fuentes de este proceso fueron las mayores garantías a la propiedad privada, la libertad de culto, de enseñanza, de prensa, de comercio y de trabajo. También confluyeron a mejorar la situación, la supresión de la suma del poder público y la división de poderes.
El diario La Nación del dos de mayo de 1953 refería, “A su amparo se ha creado, cuanto de bueno ostentamos en los distintos órdenes de nuestro desenvolvimiento. El progreso material empezó a florecer como por milagro en cuanto las garantías constitucionales se afianzaron y la potencialidad nacida por tal modo permitió que se expandiera la cultura, se disciplinara la energía emprendedora de las nuevas generaciones, se arraigaran las conquistas de la inteligencia y del trabajo y se enalteciera ante el mundo nuestro prestigio”.
Los logros obtenidos fueron notables.
La población pasó de un millón de habitantes en 1850 a ocho millones en 1914.
El área sembrada, de 500.000 a 24 millones de hectáreas.
Las exportaciones subieron de 30 millones de pesos oro en 1870 a 389 millones en 1910.
La red ferroviaria creció de 732 kilómetros en 1870 a 28.000 kilómetros en 1910, junto con una avanzadísima red de carreteras, integrando los desiertos espacios argentinos.
El crecimiento por habitante entre 1875 y 1913 fue de más del tres por ciento anual.
La inmigración, atraída por ese ilimitado progreso y por las posibilidades de trabajo, fue casi explosiva: unos seis millones de extranjeros llegaron al país. En esa etapa, la de la generación del ochenta, esa política generó millones de puestos de trabajo, atrayendo a hombres y mujeres de todo el mundo (especialmente de Europa), que encontraron en el país mejores retribuciones y condiciones de trabajo que en sus países de origen.
La tasa de mortalidad por mil habitantes había bajado del 22,98 en 1889-1898 a 16,5 en 1899-1907. A título comparativo, Berlín (14,8), Londres (15,1) y Nueva York (18,6).
En 1869, el país tenía un 70% de analfabetos. En 1930, se habían reducido al 22%. La tasa de escolaridad primaria, que en 1870 era del 20%, en 1920 llegaba al 64% (En Italia, para los mismos años, había subido del 33 al 55%).
Se construyeron enormes edificios y obras que aún hoy perduran: el Teatro Colón, las estaciones de Retiro y Constitución, el Correo Central, el Congreso, el subterráneo (primero de América del sur y 13° del mundo), o la red telefónica (apenas un par de años después que en Nueva York). Resumiendo, el sentido liberal de nuestra constitución, y el respeto irrestricto de sus normas, permitieron que la Argentina, entre 1880 y 1920, creciera ¡42 veces!
Argentina, hacia 1910, era la principal economía de latinoamérica, con su PBI levemente superior al de México y un 53% más grande que el de Brasil. Hoy la economía brasilera es casi seis veces mayor que la Argentina y la mexicana triplica a la nuestra. En 1910 el ingreso per cápita argentino era el 77% del inglés o el 63% el norteamericano. Hoy el ingreso promedio argentino equivale a un 23% del estadounidense y un 18% del de un inglés.
En un diccionario español de 1919 se puede leer “que Argentina es un país de alto crecimiento, destinado a rivalizar con los más adelantados del mundo especialmente con EE. UU., el gran país del norte”. En 1918 en la bolsa de Nueva York (Nyse) se cotizaban nuestros bonos soberanos con calificación de Moody’s “A”.
Esto se logró con pautas básicas para el quehacer económico del país: libertad en sentido amplio (política, económica, de cultos, etc.); respeto de la propiedad privada; la igualdad ante la ley, la seguridad jurídica; y una que, si bien no está prescripta expresamente en la Constitución, está implícita en ella, y es la no intervención del Estado en la economía.
El historiador Cortés Conde definía así la situación al momento de festejarse el primer Centenario de la revolución de mayo: “…existía el generalizado convencimiento del éxito logrado. No solamente en el ámbito del progreso económico (…) sino también en el de la educación, la cultura y aún en el de la vida política, con una apertura electoral de importancia (…) Nadie dudaba de la solidez del progreso y de su proyección hacia el futuro.
Refiriéndose al autor de las Bases, uno de los inspiradores de nuestra constitución, Carlos Alberto Erro afirmó: “Alberdi tenía plena conciencia de cuánto, además de una Constitución sabia, necesitaba nuestro pueblo para gozar de libertad real. Sólo el trabajo, la educación y la lucha, gobernados por la inteligencia, podían deponérnosla.
Por eso, los que hoy recogen su antorcha son los que continúan bregando para que la libertad se afiance en la conducta de los ciudadanos, como fruto del propio esfuerzo y no como concesión de los poderosos, los que siguen pensando como él que la edad de oro de la República Argentina no está en el pasado, sino en el porvenir”.

(*) DIRECTOR DEL CLUB DE LA LIBERTAD

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