Nación inmigrante

Por: Rodrigo Altamirano.

Argentina, aquella nación en la que, al igual que otros países del nuevo continente, casi tres cuartos de la población tiene su origen en un factor: la inmigración. Desde la adaptación del “ciao” italiano al “chau” argentino, a los pueblos con tradición germana o galesa de la Patagonia, o los grupos de pequeñas colectividades eslavas del norte, hasta la colección de diferentes estilos arquitectónicos y tradiciones culturales, nuestras vidas respiran inmigración, y vale revisar la historia para entender cómo llegamos a la actualidad.

En 1812, el Primer Triunvirato fue uno de los puntapiés con el decreto del 4 de Septiembre del mencionado año sobre fomento de inmigración, dictando que el gobierno argentino ofrecía su inmediata protección a los individuos de todas las naciones y a su familia que quieran fijar domicilio en el territorio del Estado, garantizando el pleno goce de los mismos derechos que los criollos, mientras no perturben la tranquilidad pública y respetaran las leyes del país, y hasta se creó una Comisión de Inmigración, constituyéndose como la primera entidad establecida para fomentar la inmigración y colonización del territorio; sin embargo, las guerras por la independencia impidieron su funcionamiento: fue reactivada años más tarde, para ser exactos en 1824, siendo Rivadavia ministro del gobierno bonaerense, pero tampoco duraría mucho, ya que se disolvería en 1830 por orden de Juan Manuel de Rosas.

 

No se haría mención sobre la cuestión recién hasta la consolidación de la Carta Magna del país: desde su escritura y sanción en 1853, el Preámbulo de la Constitución Nacional reza sobre «todos los habitantes del mundo que quieran habitar el suelo argentino», y en el Art. 25 lo deja claro, volviendo a reafirmar el fomento a la inmigración:

 

«El gobierno federal fomentará la inmigración europea
y no podrá restringir, limitar ni gravar con impuesto alguno
la entrada en el territorio argentino de los extranjeros que traigan por objeto
labrar la tierra, mejorar las industrias e introducir y enseñar las ciencias y las artes».

 

Desde entonces, el Proceso de Organización Nacional haría un exhaustivo trabajo para poblar la joven república, no sólo por objetivos sociales y económicos, sino también para “aggiornar” al país con las ideas extranjeras, y principalmente las europeas.

Justamente, fue Nicolás Avellaneda, el último de los Presidentes de este período, quien crearía el precedente principal para la ola inmigratoria que llegaría al país desde entonces: la Ley N° 817 de Inmigración y Colonización; fue la primera ley nacional que buscaba regular los asuntos inmigratorios, organizándose en dos partes: la primera sobre inmigración, y una segunda para colonización, aunque esto último fue derogado en 1903 al sancionarse la Ley N.º 4167 de Venta y Arrendamiento de Tierras Fiscales.

Casi similar al accionar del Primer Triunvirato, la ley creó la Dirección General de Inmigración, cuya misión era la de promover la inmigración desde el viejo al nuevo continente, para lo cual podía designar agentes que desarrollarían «una continua propaganda», y el Poder Ejecutivo tenía la facultad de nombrar comisiones en distintos puntos del país, con la función de trasladar y alojar a los inmigrantes. Pero para ello, definió también la categoría de inmigrante:

“Todo extranjero jornalero, artesano, industrial, agricultor o profesor,
que siendo menor de sesenta años y acreditando su moralidad y sus aptitudes,
llegase a la república para establecerse en ella, en buques a vapor o a vela,
pagando pasaje de segunda o tercera clase, o teniendo el viaje
pagado por cuenta de la Nación, de las provincias o de las empresas particulares, protectoras de la inmigración y la colonización”

Durante el breve tiempo que el texto regulaba también la colonización, creó para tal objetivo la Oficina Central de Tierras y Colonias, bajo el área del Ministerio del Interior, y se estableció que bajo órbita del Poder Ejecutivo se exploren los territorios Nacionales y se seleccionen los terrenos más adecuados para la colonización. Es por ello que si bien gran parte de los nuevos extranjeros elegirían como nuevo hogar a la capital nacional, habría pequeños y medianos grupos que se establecerían en terrenos aún despoblados y con potencial de explotación, como fueran entonces los territorios federales del norte, el litoral y la Patagonia.

Fue tal el boom extranjero que recibió la república, que se saturaron dos hoteles para los nuevos habitantes, por lo que había que tomar cartas en el asunto lo antes posible. Fue así que se construyó un tercer edificio, más grande y de vanguardia, que es hoy el mayor vestigio de la época: el Hotel de Inmigrantes, actual Museo de la Inmigración. Con una capacidad para 3000 personas, la institución hospedaba a los extranjeros por un breve tiempo, durante el cual se les enseñaba sobre distintos trabajos, al tiempo que buscaban uno, para así poder dejar el hospedaje y poder establecerse definitivamente.

Es por esta historia que el 4 de septiembre de cada año, mediante el Decreto Nº 21.430 del año 1949, se festeja el Día del Inmigrante, celebrado en el mismo día de sanción del decreto del Primer Triunvirato, ya que como expresa dicha orden, el documento del Triunvirato, “fue, en verdad, el punto de partida de una ininterrumpida serie de actos de gobierno; que a través de leyes, decretos y reglamentaciones estimuló, protegió y encauzó la inmigración”, y destacando la fecha como:

“…la conveniencia de que se rinda un permanente y público homenaje al inmigrante de todas las épocas, que sumó sus esperanzas a la de los argentinos, que regó la tierra con su sudor honrado, que ennobleció las artes y mejoró las industrias…”

 

Rodrigo Altamirano
Estudiante de Derecho, Miembro del Equipo de Artículos
Fundación Club de la Libertad

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