Nueva Cuba

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Múltiples opiniones surgen de la actualidad política de Venezuela, sin embargo, lo que resulta difícil negar es que definitivamente están aconteciendo diversos procesos, movimientos, acciones y reacciones a esta actualidad. Entre estos, resucitó un viejo y relativamente poco conocido pacto, el TIAR -Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca-, y se situó como careta delante de muchos otros intereses.

Esto, sin embargo, por ahora deja más dudas que respuestas, primero que nada ¿Qué es el TIAR? En simples palabras es un acuerdo firmado en 1947, para la defensa mutua entre los países miembros de la Organización de Estados Americanos -OEA-. Asimismo, en los últimos días, la Asamblea Nacional venezolana (parlamento con mayoría opositora), aprobó por unanimidad la reincorporación de Venezuela al TIAR; que, sin embargo, ha sido despojada de sus funciones parlamentarias por el Tribunal Supremo (acusado de oficialista), y que a su vez, desestimó la medida declarando la “nulidad absoluta y la carencia de efectos jurídicos” a lo resuelto por la Asamblea Nacional.

Por ello, previo a cualquier análisis, se debe atender lo que resulta en el primer gran problema: La crisis de legitimidad. Concepto con el que se visualiza la capacidad de un poder para obtener obediencia, un Estado es legítimo si existe un consenso entre los miembros de la comunidad política para aceptar la autoridad vigente. En perspectiva, la grieta social y política, y el desgaste de las instituciones, resulta en el descreimiento de cualquier autoridad existente, lo que secuela percepciones internacionales polarizadas y poco claras minadas de intereses propios y lejanos a las necesidades de Venezuela.

El argumento oficialista radica es que la aprobación de volver al TIAR es “nula”, ya que la Asamblea Nacional, y sus actos, carecen de validez porque que se hallan en “desacato” desde 2016. Segundo, si sus actos tuvieran legalidad, debería remitirse al presidente, y jefe de Estado, Nicolás Maduro para que dé su aprobación, como establece la Constitución. Y, tercero, este es un acuerdo firmado entre países miembros de la OEA, de la cual Venezuela formalizó su salida el 27 de abril de 2019. Desde la oposición, por el contrario, se desestima el desacato en razón que una proclamación del Consejo Nacional Electoral no se puede reversar, y que el TSJ no tiene allí atribuciones. En referencia a lo segundo, tampoco se estaría avanzando sobre límites Constitucionales, ya que Guaido sería presidente legítimo, según lo expresado en el artículo 233 de la Constitución Nacional. Y finalmente, la OEA reconoce como presidente a Juan Guaido, quien fue quien refrendó el reingreso al tratado.

Esto señala que la perspectiva de legalidad de la aplicación al pacto de TIAR dependerá de qué se considere legítimo y qué no. Tal problema, aunque en la práctica no avizora una recuperación cercana, es algo fundamental sobre lo que se debería convenir antes de empezar a abordar un estudio y posicionamiento serio sobre el tema. La poca claridad, respecto a esta legalidad y legitimidad del gobierno, resulta inherentemente en una, también, internacional polarización, que me arriesgo a decir, en Venezuela le conviene a ambos bandos, y da cancha libre para que el “neorrealismo” gane terreno en el foco de la discusión y espacio en la acción de diferentes actores internacionales de la mano de sus intereses.

Son ejemplos de lo anterior, los comportamientos las diferentes naciones, Estados Unidos y once países de América Latina se pronunciaron a favor de sanciones y una posible intervención contra el gobierno venezolano. México, se opuso, rechazando “categóricamente la invocación del TIAR para intervenir en los asuntos internos de los Estados”, lo propio afirmó Celso Amorín, ex canciller de Brasil, durante el mandato de Dilma Rousseff. Por su parte las naciones de Colombia, Brasil, Argentina, y los Estados Unidos, se presentan como principales opositores al gobierno bolivariano, y desde Colombia, por su parte, el presidente Iván Duque afirma que Venezuela ampara a las guerrillas colombianas mientras que desde Venezuela se lo niega completamente.

Grandes actores también son las potencias de Beijing y Moscú. Ambas respaldaron a Nicolás Maduro mientras sustraían a cambio sus recursos subterráneos. No obstante, por estas horas, a estos lejanos socios les preocupan, sobre todo, sus frentes domésticos.

El Kremlin debe lidiar no sólo con la multiplicación de las protestas, sino también con el nuevo Chernobyl que lo acorrala, el subestimado accidente no pudo ocultarse, los niveles de radiación encendieron sirenas en todo Europa. A dicho accidente Putin debe sumar la proliferación de protestas en todo el país, los rusos están descontentos, y no ven una reacción del gobierno acorde con las necesidades económicas. China, en tanto, encapsula sus propios problemas. A los vaivenes de Huawei y su 5G, la renovada tensión con Taiwán, la disputa comercial con los Estados Unidos y la desaceleración de la economía debe sumarle desde hace semanas el conflicto en Hong Kong, tal avance sobre las libertades y costumbres, repercutirían en el sistema financiero y en consecuencia sobre el valor de las acciones de las propias compañías chinas. Turquía, quien también supo ser aliado, dice asimismo adiós, las amonestaciones impuestas por los Estados Unidos a los aliados de Maduro parecerían que lentamente generan efecto.

En conclusión, Venezuela se alza como el nuevo actor en “discordia» del escenario global, que me recuerda a la cercana isla caribeña allá por 1962, dos de las grandes potencias se pelean por su destino. El juego de pulsos entre Estados Unidos y Rusia, en mayor o menor proporción, y aprovechando ambos, cada momento de esporádica ventaja, por derrocar o mantener a flote el gobierno de Nicolás Maduro, es objeto central del análisis.

Washington responsabilizó a Moscú de frustrar la salida de Maduro, mientras el Kremlin fustigó a Washington por promover una «guerra de información» contra Caracas. «Han llegado al punto que, por momentos, parece que la situación en Venezuela ya no se trata de Maduro y Guaidó, sino de Rusia y Estados Unidos», asegura James Dobbins, analista en Diplomacia y Seguridad de la RAND Corporation.

¿Qué se juegan Estados Unidos y Rusia? Los norteamericanos fueron por muchos años, principales compradores de petróleo venezolano, pero a medida que la crisis arreció, comenzaron a cortar sus relaciones. A medida que Washington se alejaba, el Kremlin se acercaba, desde hace más de una década, la petrolera rusa Rosneft se empezó a involucrar en el sector petrolero venezolano, según de especialistas, el gobierno ruso y Rosneft habrían destinado grandes fondos en préstamos y créditos a Caracas desde el año 2006 a cambio de petróleo. Puede ser esta una razón del apoyo ruso, ya que un cambio de gobierno anularía la posibilidad de que la petrolera rusa vea su dinero de vuelta, y es, a su vez, el argumento preferido de Venezuela: Maduro acusa a la Casa Blanca de querer hacerse con sus reservas, y en contraste, destaca la solidaridad de Rusia.

Sin embargo, es un argumento bastante cuestionado, ya que se afirma sabidamente que, estas inversiones petroleras, desde la perspectiva de negocio son muy cuestionados, a causa de que los yacimientos venezolanos requieren de gran inversión inicial para poder aprovecharlos.

¿Bastarían estas explicaciones para entender el presente de Venezuela? Yo creo que no, la impresión es que los intereses de las potencias se acercan mucho más a su agenda gubernamental e internacional.

El editor del servicio ruso de la BBC, Famil Ismailov considera » importante mostrarle al público interno que, pese a las sanciones, Rusia cumple su rol como superpotencia y tiene países amigos», afirma que la idea del Kremlin es dar la imagen de una Rusia que no está aislada «cuando en realidad lo está». En el caso de EE. UU, señala Dobbins, también se ha vuelto un motivo de política interna, «en el sur de Florida vive una amplia comunidad de venezolanos y cubanos que apoyan un cambio de régimen en Venezuela», y, si tenemos en cuenta que Florida es un estado péndulo, y que las elecciones del año 2020 están a la vuelta, no es de asombrarnos que Venezuela sea uno de los temas para la campaña de Trump.

Sin embargo, puede que los intereses no signifiquen solamente un mero tema de opinión pública, el profesor Rouvinski considera «que las élites en Rusia entienden que los problemas de Moscú con sus países vecinos -Ucrania, Georgia y aquellos de Asia Central- se deben a la influencia de EE. UU. El gobierno ruso critica la interferencia de Washington en Ucrania o el despliegue de fuerzas en el mar Negro o Báltico, como parte de los operativos de la OTAN. En este contexto, el analista considera que lo que buscan los rusos es tener también incidencia en “el patio trasero de Estados Unidos»: las naciones de América Latina y el Caribe. El gobierno ruso concibe que, si puede mantener influencia sobre estos países, principalmente Venezuela y Cuba, pueden presionar a Washington para que cambien sus políticas en los países cercanos a Rusia. Son posturas y políticas que parecen de otras épocas.

Por estos motivos, el futuro de la “bolivariana nueva Cuba” y, de Maduro en el poder, puede verse como una pulseada de lo que se juegan las dos potencias en la política mundial. Si Maduro permanece, los rusos ratificarán su peso como potencia internacional, y si Maduro se va, los estadounidenses confirmarán nuevamente su incidencia en el continente ¿Se repite la historia?

Al mismo tiempo para finalizar, y como cosa no menor, me gustaría recordar el camino de Venezuela para llegar a tal punto. La nula legitimidad y la penosa gobernabilidad son consecuencias directas de la falta de instituciones eficientes y respetables, socavadas por quienes ambicionan detentar el poder interno, erosionando la credibilidad y dificultando enormemente el accionar, dejando naciones exhibidas ante los intereses extranjeros. Que nadie afirma que no los tengan, y que en cambio se guíen por bondad y altruismo, pero claro está que una nación debe buscar exponerse lo menos posible y relacionarse inteligentemente.

En un sistema internacional “anárquico”, lo mejor y eficiente es la cooperación y el intercambio libre y en paz, pero esto debe estar acompañado de políticas hacia adentro, investidas primero, de la seriedad de un Estado, respetuoso de sus habitantes, y segundo, de la limitación y delimitación clara de sus poderes estaduales acompañadas de respeto hacia los mismos. Esto lo dan las instituciones eficientes y no, como ya hemos advertido, los líderes mesiánicos y esporádicos, a los cuales acostumbrados en Latinoamérica podríamos vernos.

Fonteina Ivan M.
Integrante del equipo de publicaciones de artículos de la fundación Club de la Libertad.

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