Vicentin y nuestra obligación de resistir

Por Octavio H. Cejas.

La posible estatización de Vicentin se ha convertido en el tema más polémico de nuestro país, superando ampliamente al coronavirus. Poca cosa supera a una pandemia mundial ¿no? Y como todo tema controversial, ha tenido detractores y seguidores.

Siendo sinceros, y habiendo escuchado a todas las partes y comentarios posibles, no encuentro ningún motivo que haga pensar que esto pueda ser algo bueno para nuestro país.

A nivel económico, estaríamos haciéndonos cargo de la deuda de una compañía cuando ni siquiera podemos hacerle frente a nuestros propios compromisos crediticios. Recordemos que hace más o menos un mes caímos en default técnico por no pagar a los bonistas, y si bien continúan las negociaciones con los acreedores, ¿qué clase de señal les damos pagando una expropiación?

A nivel político, el Gobierno se está comprando una nueva 125 a 6 meses de iniciar su mandato. Es un suicidio. Un país extremadamente dividido de por sí, con un tema tan polémico como éste, solo generará incertidumbre y miedo, provocando que se manifieste gran parte de la sociedad en contra de lo que está sucediendo. Seguir con su idea lo único que logrará es agrandar la grieta y tornar prácticamente ingobernable el país en la brevedad.

Pero, y en lo que me quiero centrar, lo que está sucediendo es la demostración definitiva de la tergiversación del fin mismo del Estado. Lo han modificado tanto que ahora creen que este debe salvar a una empresa, negando la lógica misma de que ella nace, crece y muere. Meterse para evitar una “quiebra”, como se excusan, no solo es una clara violación al derecho de la propiedad, y por ende peligroso respecto de las señales que transmitimos al mundo, sino que es jugar a ser algo que simplemente no es.

Esta tergiversación de su fin, fenómeno progresivo a lo largo de la historia reciente, solo nos ha demostrado la incidencia de la clase política en la vida privada del hombre para tener un mayor control de ésta. Le estamos dando facultades que no le corresponden, y si la historia algo nos ha demostrado es que en cuanto existe una mayor intromisión estatal, nada bueno sucede.

Recordemos lo expuesto por Albert Camus en El Hombre Rebelde:“Todas las revoluciones modernas acabaron robusteciendo el Estado. 1789 lleva a Napoleón, 1848 a Napoleón III, 1917 a Stalin, las perturbaciones italianas de la década del 20 a Mussolini, la república de Weimar a Hitler. Estas revoluciones […] se han propuesto, no obstante, con una audacia cada vez mayor, la construcción de la ciudad humana y de la libertad real. La omnipotencia creciente del Estado ha sancionado cada vez esa ambición.”

Este extracto nos demuestra que, si bien el discurso de la intervención estatal tiende a decirnos que con ella se lograrán una mayor calidad de vida y un incremento de nuestras libertades individuales, termina sucediendo todo lo contrario. Este exceso culmina, en muchas ocasiones, en  totalitarismos similares a los antes nombrados.

Entonces, y ante la posibilidad de que termine así esta progresiva intromisión pública en la esfera privada, evitarlo es menester a los fines de mantener esta autonomía que tanto queremos. Permitir la expropiación de Vicentin es permitir que se agranden las potestades del Estado (que de por sí nos ha demostrado que negocio en el que ha sido parte, negocio en el que nos ha ido mal), y dejar que estas aumenten es conducirnos a una innegable pérdida de nuestra autonomía. Es ir camino a lo que Henry Hazlitt describe en El Tiempo Volverá Atrás como la progresiva pérdida de la independencia frente a un ente superior, con expectativas de una mejor calidad de vida, pero que termina en la total negación de la persona, anulando incluso su propia personalidad, al mejor estilo 1984 de George Orwell.

Creo oportuno recordar el poema del famoso Walt Whitman, llamado A los Estados:

“A los Estados o a cualquiera de ellos, o a cualquier ciudad de los Estados, resistid mucho, obedeced poco,

Cuando la obediencia es incuestionable, cuando la servidumbre es completa,

Ninguna nación, estado o ciudad de este mundo, recobran jamás su libertad.”

Hoy, más que nunca, debemos demostrar nuestro espíritu crítico, debemos pelear por aquello en lo que creemos justo, debemos alzar nuestra voz de disidentes.

Hoy, más que nunca, debemos resistir mucho y obedecer poco, es lo único que nos queda para evitar aquello a lo que Whitman temía, y lo que Camus explicaba, la pérdida de nuestra libertad.

 

Por Octavio H. Cejas, estudiante de Derecho UNNE.
Coordinador del Equipo de Socios,
Fundación Club de la Libertad.

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