Ánimo Greta, esta vez es distinto

Por Enrique Esteban Arduino

 

 

Quien, en su más tierna infancia, al ir a la escuela ataviado como blanca palomita no recibió alguna vez, con orgullo, el encargo de su Maestra: Composición, tema La Vaca. Descubrimos que la vaca nos da la leche, nos alimenta con su carne, nos abriga con su cuero y hasta nos brinda el material para los botones de nuestras ropas con sus pezuñas. Deleitados, nos admiramos de tan noble animal.
Cuál es nuestra sorpresa, al descubrir hace poco, que nuestro admirado animal es un asesino serial que, con la escopeta doble caño de su nariz, nos dispara furibundas perdigonadas de metano y con su cañón trasero, salvas de peos, pedos, cuecos o más correctamente llamadas flatulencias colmadas de CO2. Pobres ignorantes que caímos en su engaño.
Pero para nuestra suerte está Greta, quien cual vestal del Ecologismo, por mandato de los supremos sacerdotes de esta nueva e inefable religión -Guterres, Soros y Gore- nos advierte sobre nuestra extinción en el infierno inevitable del cambio climático.
No debe haber frase más bastardeada y mentirosa en la historia que “esta vez es distinto”. Partidos políticos, novios infieles, anuncios del fin del mundo apelan recurrentemente a ella. La indecencia ha pasado de alimentar la febril imaginación de los teólogos, a formar parte del apero de mensajes amenazadores lanzados desde el poder. Hoy se habla de “emergencia climática” no de “cambio”, un lema que no tiene fuerza. Emergencia induce la idea de inminente e inevitable. Como en el transcurso del tiempo y las religiones, se agita el miedo al castigo para lograr la obediencia.
El ecologismo actual es indecente, el centro de su religión no es el Dios supremo, una de las mayores creaciones de la mente humana, sino la Gaya de Nietzsche, bola imperfecta que gira sobre sí misma y en torno al Sol, y a la que el antropomorfismo ecologista le otorga voluntad y capacidad de acción. Y según el supremo sacerdote de la ONU, Antonio Guterres, Gaya “está enfadada y te devuelve el golpe”. Nos advierte que una sociedad abierta y libre, que hace lo que le da la gana sin seguir las indicaciones del poder, es un mal que nos conduce al desastre. La reprimenda de esta desvergüenza nuestra de querer vivir libremente tiene que articularse de forma efectiva. ¿Qué manera más eficiente que indicarnos que si no nos reconvenimos el fin está cerca?.
La historia de previsiones catastrofistas, dichas en contra de la ciencia pero en nombre de ella, y que sencillamente no se han cumplido es evidente. El economista William Stanley Jevons, en 1866 en su libro The Coal Question preveía un colapso energético debido al consumo de carbón relacionado a la “revolución industrial; hoy, las existencias de carbón se cuentan en centenares de años de consumo futuro.
El US Geological Survey lleva prediciendo el agotamiento inmediato del petróleo desde 1920. El Informe Paley (1952) dijo que en 20 años los Estados Unidos apenas podría producir plomo o cobre, pero la producción real más que dobló las previsiones. El famoso “The Limits of Growth” (Los Límites del Crecimiento, 1972), del Club de Roma, un grupo de caraduras supuestamente preocupados por mejorar el futuro del mundo a largo plazo, es un despropósito. Pronosticó que el mundo se quedaría sin oro en 1981, sin mercurio en 1985, sin aluminio en 1987, sin zinc en 1990, sin petróleo en 1992 y sin cobre, plomo y gas natural en 1993. Nada supera al catastrofismo del entomólogo Paul Ehrlich. En 1969 dijo que la esperanza de vida en los Estados Unidos se rebajaría en 1990 a los 42 años.
En 1970 The Boston Globe ya anunciaba que “La polución ocultará el sol y causará una nueva era glacial en el primer tercio del próximo siglo”. Brown University le dice al presidente Nixon en 1972, que “la principal conclusión de la reunión fue que el deterioro global del clima, de un orden de magnitud mayor de lo que jamás haya experimentado la humanidad, es una posibilidad real y, de hecho, comenzará pronto”. Un enfriamiento, dice The Guardian en 1974, que ya se observa gracias a los satélites. En ese año Time titulaba “¿Una nueva era glacial?”. The Guardian advertía en 2004: “Ahora el Pentágono le dice a Bush: el cambio climático nos destruirá”; donde “Gran Bretaña caerá a un clima siberiano en 2020. Habrá conflictos nucleares, mega sequías y hambrunas en todo el mundo”. Pero Hensen, desde la NASA, ve que por ese lado no va el negocio y declara: “Científico de la NASA: nos tostamos”, titula un periódico en 2008. De muchos otros temas, que tampoco contribuyeron a la causa, también se ha dejado de hablar. “Grave peligro para la vida”, titulaba la agencia UPI antes de explicar que los aerosoles habían creado un agujero en la capa de ozono, declaradamente irreversible si no se reducía la emisión de carbo fluoruro carbono. No solo fue un fracaso el protocólo de reducción, sino que aumentó la emisión y aun así el famoso agujero está casi cerrado. La catástrofe climática también tuvo el nombre de “lluvia ácida”.
Al Gore dijo en 2008: “En cinco años se habrá fundido el polo norte”. El Príncipe Carlos también quiere su aportación escatológica: “Tenemos 96 meses para salvar el mundo”, dijo en julio de 2009, en julio de 2017 no nos enteramos de que el mundo había sucumbido. Laurent Fabius fue más radical: “Tenemos 500 días para evitar el caos climático”, dijo el 14 de mayo de 2014. Si además agregamos las previsiones del fin del mundo del Calendario Maya en diciembre de 2012, ya es tiempo de tomar conciencia que debemos sacarnos el taparrabos y dejar de adorar al Sol.
Es una realidad que los parámetros climáticos han cambiado. Es real también que no se ha demostrado aun cuanto influye el hombre y cuanto el ciclo terrestre en este fenómeno. Es un hecho que todas las responsabilidades atribuidas al accionar humano han fracasado rotundamente en su apreciación. De haber acertado, de ser ciertas y fiables, ya no estaríamos leyendo este texto. Cuál pastorcillo mentiroso, las predicciones ambientalistas cada vez generan menos confianza y sus actores se obligan a radicalizarse, aun llegando a la utilización política de niños y jóvenes.
Millones de personas en el mundo tiene como principal misión la de sobrevivir. Por eso cocinan con leña, comen proteína animal, se calientan con carbón, se mueven en vehículos antiguos, no tienen cloacas y usan recipientes plásticos para acumular agua. Quienes tienen resueltas estas necesidades básicas, como en la tierra de Greta, pueden darse el lujo de ser veganos, conducir vehículos eléctricos, usar paneles solares y tomar agua de red y almacenarla en recipientes de vidrio.
Pero pese a todo esto, no desesperes, Ánimo Greta, esta vez es distinto, la emergencia es real. Después de todo, la esperanza, aunque sea en la mentira y la manipulación, es lo último que se pierde; es más fácil engañar a la gente que convencerla que ha sido engañada.

 

Enrique Esteban Arduino

Ingeniero

Director Del Club de la Libertad

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.