El Estado, ¿benefactor o beneficiario?

Cuando hablamos del Estado, es inevitable pensar en subsidios, bonos y subvenciones, pero, ¿de dónde salen los fondos económicos para todos los “beneficios” que provee el Estado?

Comencemos recordando que en esta vida nada es gratis. Por lo tanto, alguien debe pagar los subsidios que reciben ciertos sectores, los bonos estudiantiles, las prestaciones por desempleo, y los viajes y salarios de los funcionarios públicos, desde el presidente hasta el secretario de alguna entidad pública. Podemos ver todos los lujos y privilegios que se dan los mandatarios, excusándose que son por “el bien del país”, pero, ¿qué bien nos trae que el presidente tenga un avión, autos blindados, seguridad por todas partes y propaganda política?

Además, cada año el gasto público aumenta en vez de disminuir. Misteriosamente aparecen nuevos proyectos y obras con un valor bastante elevado, que a la hora de la verdad, terminan siendo otros “elefantes blancos” de mala calidad. ¿Quiénes se hacen cargo de una factura que no para de crecer?

Es ilusorio pensar que los fondos necesarios para todos estos gastos estatales gigantescos puedan aparecer como por arte de magia, o que los altos cargos del gobierno retirarán de su bolsillo para pagar todo. Esto me preocupa, porque dichos fondos realmente nacen de mis impuestos, de los impuestos de mi familia, de mis amigos, de todos nosotros. Y estos impuestos no son pocos, hay uno para cada área (a la herencia, a las transacciones financieras, a los autos, a las casas, a los bienes de consumo, etc.).

Entonces, ¿quién paga el colegio o universidad pública?, ¿quién paga la salud?, ¿quién paga todo el abultado gasto público? Nosotros lo hacemos, todos nosotros. Sin darnos cuenta, pagamos el colegio y la universidad pública, aunque no asistamos a ella. Nosotros pagamos la salud pública, aunque no la utilicemos. Nosotros mantenemos a los políticos y a toda la gente que vive a expensas del Estado, aunque de nada eso nos sirva.

¿Y qué pasaría si no tuviésemos que pagar tantos impuestos? No habría muchas escuelas u hospitales públicos, pero de seguro la educación y la salud privada serían de mejor calidad, y hasta más baratas dada la mayor competencia. Nuestra capacidad adquisitiva también sería mayor, ya que al existir impuestos bajos, o casi nulos, el precio de venta de los productos bajaría. Ya los ciudadanos no tendríamos que dividir nuestro presupuesto entre nosotros y el Estado, quien se alaba a sí mismo haciéndonos creer que nos ayuda, cuando en realidad vive a costa nuestra.

Estamos en pleno siglo XXI, y ya es momento de que dejemos de ver al Estado como benefactor y empecemos a verlo como lo que realmente está siendo: un mero beneficiario de nuestro dinero y nuestro esfuerzo.

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