Jefferson y los límites al poder

Por Marcos Niveyro.

Thomas Jefferson, uno de los padres fundadores de Estados Unidos, fue un intelectual y político que redactó el borrador de la Declaración de Independencia (1776), donde plasmó las ideas de John Locke. En julio de 1774, publicó un ensayo de corte radical (“Breve análisis de los derechos de la América británica”), en dicho texto alegaba que el Parlamento británico no tenía ningún derecho a gobernar las colonias, las cuales, según su punto de vista, habían sido independientes desde su fundación. Además, describió las usurpaciones de poder y las desviaciones de la ley cometidas por el rey Jorge III y por el propio Parlamento. De este ensayo me parece importante destacar lo concerniente a las “usurpaciones de poder y desviaciones de la ley”, por ser dos cuestiones axiomáticas a las que el liberalismo le dedica toda su preocupación. Para que se entienda mejor veamos qué pensaba Jefferson y sus contemporáneos sobre esto.  

Jefferson como los de su tiempo, tales así como Madison o Washington, compartía ideales comunes que pusieron en práctica y que nos ayuda a entender cuestiones fundamentales sobre todo en materia de política práctica y de realidad actual. James Madison decía: “La esencia del gobierno es el poder; y el poder, radicado, como debe estarlo, en manos humanas, siempre estará expuesto a ser empleado para abusar”. Tanto así que el mismo Jefferson decía que “El poder es como el fuego”, podemos hacer un buen asado mientras lo contengamos pero ¿qué pasa si se nos escapa? Washington coincidía diciendo “El gobierno no conoce la razón ni la convicción, y por eso no es otra cosa que la violencia. Lo mismo que el fuego, es un servidor peligroso y un amo terrible. No hay que darle nunca ocasión para cometer actos irresponsables”. Por eso es importante tener el poder dividido y los liberales lo tienen muy claro. Jefferson dice: “Algunas veces se dice que no se le puede confiar al hombre el gobierno de sí mismo ¿Puede, entonces, confiársele el gobierno de los demás? ¿O hemos encontrado ángeles que asumen la forma de reyes para gobernarlo?”

Jefferson y los de su tiempo plantearon entonces algo que en nuestros tiempos está bastante desprestigiado o menospreciado, o que incluso ni siquiera se tiene en cuenta; que no debemos estar supeditados al gobierno de los hombres, porque el gobierno de los hombres es el capricho de los hombres, sino que tiene que imperar la ley. Lo que en última instancia se plantea es que la discrecionalidad humana no puede gobernar, por eso la importancia de normas, leyes que le ponen límites a la acción del gobierno. La famosa frase de J. Locke “donde quiera que acabe la ley, allí comienza la tiranía”, de la cual, por lo demás, Jefferson fue un ilustre seguidor. Sin la ley del lado de las personas, lo que prima es la discrecionalidad del gobernante. La importancia de la ley es que antes, lo que había era autocracia. El gobernante hacia lo que se le ocurría, pero con la ley el gobernante limita sus excesos. Karl Popper, se preguntaba… “¿Por qué la gente discute tanto por quien debe gobernar? Eso es un absurdo, lo importante es, qué instituciones nos protegen de eventuales malos gobiernos”. Cuando las instituciones flaquean, florece la autocracia.

Con las revoluciones liberales, de la cual Jefferson no está exento, se desarrolla la noción de los derechos del hombre, y con ello progresa la noción del constitucionalismo. Y se desarrolla la idea de que las constituciones son un freno al poder, de que los que gobiernan no son poseedores del poder, más bien, inquilinos del mismo. Y ese, junto con el sometimiento del gobernante a la ley son cambios radicales y fundamentales. El poder está atomizado, la soberanía está en cada individuo, no hay dueños del poder desde el punto de vista liberal.

Entonces, hemos de estar de acuerdo en que el gobierno debe estar limitado por las leyes en defensa de los ciudadanos, no en defensa de los políticos, porque que si el Estado ha de existir desde la noción liberal es para garantizar y proteger derechos que son inalienables, es decir, derechos con los que nacemos. El Estado no está para garantizar más derechos, ni mucho menos para garantizar sus derechos, el de la clase política. Esa absurdidad de que el Estado debe garantizar todo en cada minuto de nuestras vidas es una tontería y es el más grave de los sinsentidos de la política. Por ello estamos obligados a reflexionar en el ahora. Si no somos conscientes del daño que nos hacemos cada día al permanecer quietos frente a un poder prepotente y arrogante, que cada día crece más y más, no nos sorprendamos de las consecuencias lógicas del porvenir.

La historia nos enseñó que la desesperación y la mentira sistemática, lleva hasta a los pueblos más cultos y civilizados a creen en brujos, es decir, se cae en antiguas creencias que no tienen que ver con la realidad fáctica, pero que subjetivamente da una pequeña “luz de esperanza”. Y si algo enseña la experiencia es que estos brujos siempre vuelven con cánticos y discursos  ensordecedores que alivianan un tanto las pasiones de los más desgraciados, y que se supone solucionaran todos los problemas, nada más alejado de la realidad. Basta con leer a Thomas Jefferson para entender esto. Advirtió que cuando los políticos caen en el juego de intercambiar prestaciones del Estado por votos, la corrupción del sistema se vuelve inevitable. De ahí que la integridad y responsabilidad de los líderes políticos sea tan importante. Sin ella, la democracia está destinada a destruirse a sí misma.

 

Marcos Niveyro

Colaborador equipo de Homenajes

Fundación Club de la Libertad

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