La Reforma Universitaria de 1918: 100 años después

Todo hecho histórico no es solo un momento, siempre existe un antes, un durante y un después; antecedentes, actuantes y consecuentes. La Reforma Universitaria de 1918 no escapa a esta lógica que concatena los hechos, pero más importante que narrarlos cronológicamente -que pueden ser leídos y fueron volcados en numerosas publicaciones- es analizar el porqué, el contexto y el después de su ocurrencia, y hasta donde se ha llegado en el camino trazado por sus actores.

Los primeros siglos de historia universitaria en la América colonial española fueron inspirados en el modelo de la Universidad de Salamanca, tendencia que comienza a cambiar con las independencias del siglo XIX, el avance del liberalismo, el positivismo y el idealismo, y terminando de dar un vuelco con la citada reforma de 1918.

América española resulta ser la primera que adopta y adapta el modelo universitario moderno –desarrollado en la Europa medieval, vinculado a la jurisdicción eclesiástica, autónoma, autárquica y soberana- a partir de la imposición que realizan en acción mancomunada la Corona española y la Iglesia Católica. No sucedió lo mismo en la América Portuguesa, donde en Brasil, la creación de universidades se demoró hasta el siglo XX. En las Colonias Inglesas se crearon universidades con posterioridad a la América española y por procesos que no involucraron a la Corona ni a la Iglesia.

En el Siglo XVII se crea la Universidad de Córdoba -primera en territorio de la actual República Argentina- la cual no escapa a la característica formación escolástica de las que sirvieron de modelo para la implantación en América (Salamanca y Alcalá de Henares). Escolástica es la utilización de la filosofía grecolatina clásica para comprender la revelación religiosa del cristianismo; implica un sometimiento y confluencia del espíritu científico a la teología cristiana.

Ya en aquellas épocas iniciales, las élites criollas se educaron en sus preceptos y la burocracia colonial fue nutrida con los profesionales surgidos de sus claustros. La expulsión de los jesuitas hacia fines del siglo XVIII permitió una mayor apertura hacia las ideas de la Ilustración, siendo conocidas en este ámbito por los hombres que irían a participar en el siglo XIX, en la construcción de los estados americanos independientes.

Con la llegada del Siglo XIX y la América hispana sin liderazgo político debido al vacío de poder que afectaba a España por las invasiones napoleónicas, se configura una nueva realidad americana. La lucha emancipadora presenta condiciones poco estables para la integración nacional y un proyecto claro de nación.

Los países surgidos en esta etapa presentan condiciones de ahogo económico-financiero, guerras entre las nuevas naciones, disputas por hegemonizar el poder que, en muchos casos, devendrán en guerras civiles y que estarán teñidas del ideario más o menos liberal en la mayoría de los casos, o un poco más conservador en otros, según intereses u orígenes.

Este contexto se observa en buena parte de las noveles naciones hasta bien entrada la segunda mitad del siglo XIX, y resulta un escenario poco favorable para el desarrollo de la vida universitaria y para que estas instituciones puedan sustraerse a las luchas intestinas.

Para la segunda mitad del siglo XIX, casi todas las naciones iberoamericanas ya estaban independizadas de España. El triunfo de los procesos independentistas trae una consolidación de los ideales de la Ilustración, en detrimento de la escolástica tradicional y de la influencia omnipresente de la Iglesia, especialmente en las nuevas universidades surgidas de dicho proceso. En esta época, convulsionada, se funda la Universidad de Buenos Aires. El avance del iluminismo como del positivismo, son tareas de una modernización que necesita romper lo que era visto como parte del pasado oscurantista ligado al dominio español y la Iglesia.

El cambio de siglo, luego de un período de admiración por las ideas francesas e inglesas, produce en varios países la aparición de pensadores que reivindicaron el idealismo en oposición al positivismo que había dominado al mundo intelectual de esos últimos años. La influencia que tuvieron algunos pensadores latinoamericanos y del movimiento español, llamados Maestros de la Juventud, fue clave en los futuros reformistas, pudiendo citar entre ellos a algunos que aún hoy siguen vigentes, como José Ingenieros, Alfredo Palacios, José Martí, José Vasconcelos Calderón, José Enrique Rodó, Manuel González Prada, Rubén Darío, Manuel Ugarte, Leopoldo Lugones, José Ortega y Gasset, Miguel de Unamuno y Juan Ramón Giménez. Es este el fermento común de ideales y pensamientos renovadores y emancipatorios, tanto en lo político, como con respecto al arte, la educación y la ciencia.

En Argentina existían cinco Universidades, tres nacionales -Córdoba, Buenos Aires y La Plata- y dos provinciales -del Litoral (Santa Fe) y del Tucumán (Tucumán)-, el número de estudiantes que asistían a las universidades del país había aumentado de 3000 a 14.000 entre los años 1900 y 1918. En su mayoría hijos de inmigrantes, integrantes de familias de los sectores medios de la sociedad. El movimiento reformista se inició en Córdoba, como se dijo una de las primeras universidades creadas en América, siendo la más antigua de las argentinas. Córdoba era la típica ciudad colonial americana. La Universidad era medieval y monástica, retrógrada e indiferente a los cambios sociales, basada en el modelo escolástico tradicional, el derecho canónico era su máxima expresión formadora y tenía programas de estudio anticuados; mantenerse al margen de los conflictos internos entre federales y unitarios permitió la continuidad de su modelo de enseñanza hasta inicios del Siglo XX. Se regía por académicos “ad vitam» que confundían el reparto de prebendas con la misión docente. Esto en 1918, cuando las circunstancias ya estaban cambiando en el mundo y en el país, y la situación se fue haciendo más compleja a partir de la inmigración masiva de fines del siglo XIX y principios del XX, acompañada del ascenso social de los sectores medios.

Luego de los intentos revolucionarios de 1890 y 1905, los sectores medios de la sociedad logran en 1916 hacerse del poder en los primeros comicios regidos por la Ley Sáenz Peña, consagrando presidente a Hipólito Yrigoyen. Es indudable que el “clima de época” había cambiado en el país a partir de este hecho, lo cual contrastaba con la continuidad de un esquema demasiado tradicional en la Universidad de Córdoba.

Las protestas comenzaron a partir de los recién creados centros de estudiantes, contra exigencias de asistir a clase y por la deficiente organización del Hospital de Clínicas. Se fundan entonces las Federaciones Universitarias (Córdoba, Buenos Aires, La Plata). Deodoro Roca, Osvaldo Loudet, Alfredo Orgaz, Arturo Capdevila, Gabriel del Mazo y Julio V. González, entre otros, lideran el movimiento juvenil influenciado por las ideas de los Maestros de la Juventud. En 1918, los estudiantes cordobeses decidieron poner punto final a una atmósfera intelectual que percibían asfixiante.

El 15 de junio, la elección de Antonio Nores -perteneciente a la logia católica “Corda Frates” que tenía una muy amplia influencia en la universidad, como también en la política y la sociedad cordobesa- como rector de la Universidad Nacional de Córdoba fue el detonante del estallido. Los estudiantes ocuparon el Salón de Grados y exigieron el gobierno tripartito de la universidad -representación de estudiantes, docentes y graduados-, el llamado a concurso para ocupar los cargos docentes y el fin de la influencia clerical en las aulas.

El movimiento estudiantil no fue patrimonio de ningún partido político. En su gestación participaron radicales, socialistas, anarquistas y liberales democráticos, mancomunados en el cuestionamiento al dominio oligárquico sobre la universidad.

Las bases programáticas que estableció la Reforma fueron: Cogobierno estudiantil, Autonomía universitaria, Docencia libre, Libertad de cátedra, Concursos con jurados con participación estudiantil, Investigación como función de la universidad, Extensión universitaria y compromiso con la sociedad.

La revuelta estudiantil cordobesa tuvo su expresión máxima en el célebre Manifiesto Liminar de la Federación Universitaria de Córdoba, redactado por Deodoro Roca y titulado «La Juventud argentina de Córdoba a los Hombres Libres de Sudamérica», que comienza diciendo:

“Hombres de una república libre acabamos de romper la última cadena que en pleno siglo XX, nos ataba a la antigua dominación monárquica y monástica. Hemos resuelto llamar a todas las cosas por el nombre que tienen. Córdoba se redime. Desde hoy contamos para el país una vergüenza menos y una libertad más. Los dolores que quedan son las libertades que faltan. Creemos no equivocarnos, las resonancias del corazón nos lo advierten: estamos pisando sobre una revolución, estamos viviendo una hora americana”.

Ya nada sería igual. El primer Rector de la Universidad Nacional de Córdoba luego de El Grito de Córdoba fue el Dr. Eliseo Soaje. La Universidad Nacional del Litoral, en Santa Fe, es creada al año siguiente en base a los preceptos reformistas. En la Universidad de Buenos Aires, las reformas que venían siendo realizadas, en buena medida por quienes conducían la universidad, se consolidan y amplían. En la Universidad de La Plata el proceso de cambio y rebeliones estudiantiles continuó en 1919 y 1920, con características violentas y conflictos que terminaron con la reforma de los estatutos y la elección de nuevo Presidente (Rector).

El reformismo que impregnó a la universidad, constituye el más claro intento de impulsar cambios en el ámbito educativo; sin embargo, ese intento quedó sólo circunscrito al ámbito universitario, ya que no tuvo correlato en el sistema educativo en general.

Es así que la autonomía de la universidad será crecientemente entendida como capacidad de establecer un autogobierno –expresado como cogobierno de los claustros, con participación estudiantil y de los profesores como mínimo- y, también, en buena medida, de contar con autarquía financiera para administrar sus recursos. Ambas condiciones fueron reconocidas en Argentina en 1919 como consecuencia directa del Grito de Córdoba.

¿Pero cómo fue el camino después de la revolución laica que significo la Reforma del ‘18 y hasta nuestros días?

La Reforma Universitaria de 1918/1921 marcó un hito pero no logró que las leyes y estatutos universitarios recogieran todos sus principios, ni los cambios en la universidad argentina alcanzaran la profundidad que pretendían los reformistas. Las luchas reformistas se extenderían en las décadas siguientes, reclamando nuevos avances, pero también tratando de impedir los procesos de «contrarreforma», muy relacionados con los momentos políticos. Ante estos intentos, cabe destacar la monumental tarea de la Liga de Cultura Laica en defensa de los principios laicos y los derechos de todos, logrando inclusive que se reconozca y se instale en la Universidad de La Plata la Cátedra de Libre Pensamiento, un hecho único en la historia de la educación argentina y sudamericana.

Es imprescindible resaltar el papel de vanguardia que tendrán las ideas y pensamientos de algunos de estos jóvenes estudiantes y graduados protagonistas excluyentes de este proceso de Reforma Universitaria; así como su proyección continental y extra-continental, llegando a influir a los protagonistas del Mayo francés.

“La herencia de Deodoro Roca afloraría en la enorme rebelión de los años 60 y 70 y su influencia sería universal, a tal punto que la rebelión juvenil europea del Mayo Francés, estaría inspirada directamente por su pensamiento, incluso textualmente en algunas de sus consignas tales como ‘en los exámenes responda con preguntas’ o ‘prohibido prohibir’, estampadas en los muros de París”.

Para finalizar, podemos decir que en la actualidad son dos los desafíos que deben enfrentar estas ideas renovadoras para lograr su total inserción en la sociedad y el ámbito educativo.

El primero, para lograr una verdadera autonomía y autarquía, es lograr la sanción de leyes de financiamiento universitario que permitan el autofinanciamiento de las mismas sin que tengan que depender exclusivamente de los presupuestos estatales. Si bien son autónomas en cómo aplicar esos recursos, nunca tendrán una autonomía plena si estos son decididos por el poder de turno, quien decide cuánto y cuándo adjudica a cada centro educativo según su conveniencia. El segundo, recordar que quienes a partir de 1918 resignaron sus privilegios -el poder religioso y las oligarquías, la cruz y la espada, el lastre al progreso argentino- siempre están intentando el recuperarlos. En 2017 en Salta, la Iglesia Católica intento retrotraer las conquistas alcanzadas pretendiendo la enseñanza religiosa obligatoria en las escuelas estatales; Instituciones de libre pensadores, junto a asociaciones e individuos laicistas lograron ante la Justicia frenar este descabellado intento.

Más allá de lo alcanzado en lo educativo y administrativo, debemos comprender que el gran logro de la Reforma de 1918 fue lograr poner por encima del dogmatismo y el oscurantismo de las corporaciones, el libre pensamiento y el desarrollo de cada individuo por sí mismo.

Falta hacer más aún, es el deber de cada uno construirse en estos preceptos para lograr el total desarrollo de las ideas de los reformistas y su aporte al desarrollo del País.

*Enrique Esteban Arduino.
Director Fundación Club de la Libertad,
Corrientes, Argentina

 

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