Pandemia en tiempos modernos

Por Juan de la Cruz Niveyro.

Actualmente parece ser que somos de la creencia de que algo por ser nuevo es bueno, porque tiene muchos años tendrá la razón, y si lo dice la televisión ni se cuestiona. Y también contamos con internet, en donde la tonelada de información catapultada en nuestros rostros, es un río que nunca terminará. Y así sigue y sigue, la pantalla mostrando y el espectador solo recibiendo.

La colección de personajes que se nos muestran a diario, tanto en las redes sociales, los noticieros, y otras plataformas audiovisuales con soluciones, consejos e incluso lamentos, de cómo afrontar esta actual pandemia, crisis o nerviosismo mediatizado, tal vez nos quieran decir: “tranquilos chicos, esto pronto pasará». Pero no pasa. Ahora bien, desde nuestra cultura del todo querer mostrar, vemos muchos ejemplos de personas pintando sus vidas a través de una cámara, haciendo un minishow de cómo cocinar, hacer ejercicio, bailar, y hasta saludar a los vecinos, rematando dócilmente con el “Quedate en casa”. Sí, ya lo sabemos de memoria, quédate en casa porque “papá Estado panóptico” (no te está cuidando) te está vigilando, apoyado y estructurado con un sinfín de gente sin formación, vulgar y dispuesta a la importancia que te da el denunciar. Parece ser que una enfermedad no solo puede acabar con tu ciclo vital, sino, peor aún, rasgar trozos de tu humanidad. Sí, ahora creo que es una enfermedad devastadora.

También se podría decir que todo tiempo pasado fue mejor, no obstante, allá por el siglo XIV andaba la peste negra haciendo de la suyas, y la humanidad pudo tener poetas de gran renombre hasta nuestros días como el Arcipreste de Hita. Si bien no existía una imposición de “Quédate en casa” que por demás era obligatoria, pero estaba muy presente la “Ira de Dios”, la cual, para buena parte de la historia, también tuvo tiempo de cobrar sus buenas víctimas.

Aunque eran tiempos bien diferentes aquellos, si tomamos mínimas referencias como ser, agua potable, sistema de cloacas, sistema de salud, electricidad, la conectividad, los medicamentos, los cosméticos y mil cosas más que son el avance y el orgullo de la civilización. La zona de confort estaría también en este ranking, y es la que más saboteada está, por decirlo de una forma. Es confort cuando, por tu libre elección, la acomodas a tu gusto, juntas allí la familia para disfrutar de una película o algún juego de mesa, y porque estás cómodo allí, porque así lo decidís. Pero ¿qué sucede cuando esa zona de confort se transforma en toda la existencia, y de forma obligada, ordenado por personas que están muy lejos de saber tus necesidades, tus gustos, o siquiera importarles tu opinión? Al principio nuestros cerebros tal vez, vayan aceptando cómodamente esta exigencia, pero a disgusto de muchos que quieren ordenar la vida de los demás, esto irá paulatinamente decayendo, y la causa es simple: las decisiones personales, la libertad, los intercambios voluntarios y la vida, que es dinámica, también hacen a la existencia.

El individuo es dejado de lado ante las exigencias de un ser supremo, que como antes solo pide y nada ofrece. En su lejanía, pretende que todos los ciudadanos revelen su intimidad, y satisfactoriamente luego se nos dice: esto lo hacemos entre todos, total la culpa de que tomemos estas medidas es del COVID-19. Es obligación el encierro, a limpiar nuestras casas (aún podemos llamarlas así), usar este o aquel producto, para puertas o ventanas o pisos…y si no, ahí están las noticias con sus no tan exactas estadísticas de miedo y de muertes. Realmente ¿qué es lo que se pretende “encerrar”?, algo que hasta ahora ningún tirano, déspota, dictador, rey, emperador, ha podido hacerlo, y son las mentes y corazones de hombres libres, dispuestos a luchar con la espada, la pluma y la palabra, contra los diferentes molinos de viento que acarrean algunas épocas. La cultura parecería ser la primer arma en la defensa de las ideas del individuo, ante la invasión de las fake-news, tan de moda, y no solo eso, sino también otros individuos que van a defender este sistema podrido con garras y dientes. Lo malo y lo perverso es que a veces algunos solo tienen eso, cual si de animales se tratara.

Aunque sospecho que aún no es el Otoño de la Humanidad, alguna cosa se puede hacer y es genial porque ni las redes, ni los noticieros, ni casi ninguna pantalla tampoco lo muestra: los valores, la defensa de la familia y las buenas costumbres. Tomar un libro, nutrirnos de conocimientos, pero llevar a la lectura al nivel de cómo nos gustan los dispositivos móviles o aún mejor: es un objeto preciado que tiene muchos siglos por detrás, no va a pasar de moda por un modelo mejor, es un amigo que nunca muere y con el cual siempre podes contar, y de que hay muchos, quizá mejores, y que grandes cosas te pueden narrar. Pecaré de infantil con este breve pensamiento, pero de todos los avances de la humanidad este es el que mejor le cuadra al hombre, no importa la época que sea.

Si las cosas van a cambiar, no lo sé, pero algo es seguro, la prevención debe estar entre las prioridades, leer, informarse, pedir ayuda, hacer uso masivo de datos e informaciones relevantes, conectarse con la razón, con cosas valiosas, sintiéndonos fuertes, nunca vulnerables; no necesitamos estar necesitados de esperanza como el pez que necesita del agua, sino ellos ganan creyendo que ya detuvieron nuestro motor mental y que nunca más vamos a  avanzar en nuestro espíritu. Evitar el retroceso como humano, no al embrutecimiento de masa, no nos arrodillaremos alzando la mirada a un harapiento salvador.

Y si te vas a enojar por algo, que sea algo que ayude, útil y que valga la pena.

 

 

Juan de la Cruz Niveyro.

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