Una Constitución para el desierto argentino

Por: Fabián Nieves

Existen momentos institucionales específicos en la vida de las sociedades, como son ciertos períodos transformadores, durante los cuales una generación influye en el desencadenamiento de cambios a gran escala con respecto al diseño gubernamental, al establecimiento de derechos y libertades, y la consagración de valores comunes perdurables. Se trata de cambios de paradigmas que interrumpen largos períodos históricos de prácticas políticas. Tal es lo que ha acontecido con la Generación del 37 y su proyecto político más acabado: la Constitución de 1853.

Una noche de junio de 1837, un grupo de jóvenes reunidos en el Salón Literario de Marcos Sastre, fundan el primer movimiento intelectual romántico con claros fines constitucionales del Río de la Plata. Guiados por Esteban Echeverría, alma mater de estos jóvenes, nacerá allí, en plena dictadura rosista, toda una generación de publicistas, literatos, escritores y hombres de Estado. José Marmol, Juan María Gutierrez, Vicente Fidel Lopez, Miguel Cané, Felix Frías, y claro está Juan Bautista Alberdi.

Considerados a sí mismos como hijos de la revolución de mayo, ya que nacieron en su amanecer, el principio común que los mancomunaba era la tan postergada organización de la Nación. Inspirados por los autores en boga, a las ideas de la Ilustración, le añadirían las del romanticismo europeo, buscando adaptar las ideas de la libertad al suelo donde residían. A las ideas liberales de Benjamín Constant, Jeremy Bentham y Destutt de Tracy, le añadirán la de los historicistas como Leroux, Lerminier, Coussin y Saint Simon.

Fusión de principios era la propuesta central de esta generación. Había que superar las guerras civiles que postergaban la organización nacional, superando la antigua antinomia entre unitarios y federales, y proyectar de una vez por todas instituciones a través de una Constitución. Principios estos que se verán reflejados en el Dogma Socialista y sus palabras simbólicas de Libertad, Igualdad, Fraternidad, Tradición y Progreso.

La oportunidad de plasmar sus ideas llegará tras la batalla de Caseros. Dedicada al organizador de la Nación, Justo José Urquiza, las “Bases” será la obra más representativa de toda la Generación del 37. Conducida a lomo de mula por todo el territorio, pronto se convertirá en la obra cumbre de momento. Obras similares se habían escrito entonces, como “Argirópolis” de Sarmiento y “Cuestiones Argentinas” de Mariano Fragueiro, pero serán las “Bases” la fuente fundamental que toman los constituyentes.

Allí expresa Alberdi que la Constitución no era un fin en sí mismo. Lo entendía más bien como un medio para alcanzar los fines civilizatorios que derramaría la libertad moderna. La Constitución debía ser emblema de libertades y derechos, pero también garantía de progreso material.

La diferencia entre la libertad moderna y la libertad de los antiguos constituirá la clave de bóveda del proyecto alberdiano. Generar una transición posible de la sociedad tradicional a la sociedad moderna será su objetivo primario. Consagrar la libertad moderna, significaba reconocer a todo hombre como sujeto de derechos inalienables, de los derechos de elegir, pensar y publicar, de transitar, obrar y proceder; de contratar, trabajar y poseer, de producir y de enajenar, de transitar y ejercer su culto de manera libre. Estas libertades eran los verdaderos instrumentos de cambio que producirían la salida del antiguo régimen, y modernizarían a la sociedad. La República, en cambio, entendida como sistema de frenos y contrapesos, debía constituirse en el orden político que la proteja.

Pero a sabiendas de que no alcanzaba con reformar el orden político, porque la libertad era una cultura, un hábito que había que implantar, dos métodos propondrán para reformar la sociedad: la inmigración, trayendo pedazos vivos de “Europa” para injertar la costumbre del trabajo industrial; y la instrucción, basada en el conocimiento de esas artes industriales. Para Alberdi el conocimiento industrial, era el gran medio de moralización social. Y ambas, inmigración e instrucción, serán las palancas de cambio que preparan la transición de la República Posible a la República Verdadera. Terminada la dictadura de Rosas, dijeron los constituyentes, había que terminar con la dictadura de las costumbres, los vicios y la corrupción.

En este proyecto de dos etapas, la República Posible se representa en la Constitución del 1853, donde la legitimidad residía en el equilibrio histórico que lograba. Tomará en cuenta los antecedentes federales: las guerras civiles, las grandes distancias, el sentimiento autonómico de las provincias. Y tomará en cuenta los antecedentes unitarios: la unidad del territorio, en la guerra de la independencia, en el idioma y la religión. El pacto histórico, la fusión de principios, debía residir en una fórmula de compromiso de un Estado federo-unitario a medio camino entre el federalismo norteamericano y el centralismo francés.

Pero también el proyecto constitucional buscará un equilibrio en la forma de gobierno, porque era necesario que el nuevo régimen tenga algo del antiguo. Por eso no habrá Libertad sin Autoridad, es decir no habrá libertad sin ley. Sin la autoridad que da y hace respetar la ley, es imposible la libertad. Y es que el problema fundamental en Sudamérica, a diferencia de la Europa absolutista, era la llamada “anarquía”, entendida como la falta de un poder unificador, de Estado Nacional y Constitución. El desafío era crear el Estado, limitarlo en tres poderes a la manera republicana, reconocer las autonomías provinciales y consagrar las libertades fundamentales. De allí entonces ese centralismo fuerte, con posibilidad de dictar estados de sitio cuando se lo desobedece como gobierno republicano.

Pero el Estado alberdiano no se quedaría inmóvil. En su visión progresiva de la historia tenía muy en claro que la fase democrática llegaría, y que había que preparar el terreno para entonces. Para esta generación, conceptos como “democracia”, ”soberanía del pueblo” y “nación”, eran nociones europeas sin sujetos históricos que lo encarnacen en América.  Había que elevar a los pueblos a la altura de esa forma de gobierno que nunca habían practicado, mejorando el gobierno por la mejora de los gobernados, para obtener así una mejora del poder. La teoría democrática difundida entonces era la de Alexis de Toqueville para quien la democracia, más que una forma de gobierno, era un tipo de sociedad donde predominaban los sentimientos de igualdad y ascenso individual. Un tipo de sociedad donde se oponía la igualdad de derecho y la igualdad ante la ley, a las sociedades esclavistas y aristócratas que todavía pervivian.

Para esta generación, la inmigración, y una generosa declaración de derechos civiles bastarían para alcanzar esas metas democráticas. El cambio democrático debía ser de lo social a lo político, y no al revés. En la República Posible, la pedagogía espontánea de la sociedad mediante el ejercicio práctico de los derechos civiles debía preparar el terreno para la República Verdadera. Ese hábito de libertad, era la roca granítica que formaría la República Verdadera, porque “la libertad no nace de un sablazo, es el parto lento de la civilización”.

No recomienda Alberdi ni establece la Constitución ningún tipo de voto censitario. Busca, en cambio, mediatizar la soberanía del pueblo con un sistema de elección doble, eligiendo los ciudadanos electores, y estos electores los representantes; tal como recomendaban Sieyés en Francia y lo establecía la Constitución de Cádiz en España. Solo así es comprensible esa diferencia entre libertad civil y libertad política que toma Alberdi de Peregrino Rossi y Francois Guizot. La libertad por excelencia era la civil, la de asociarse, ejercer su culto, comerciar y contratar; mientras que la libertad política, electoral, debía quedar transitoriamente gradualizada en un marco de representación indirecta.

Pero ninguna de estas reformas podría llevarse adelante sin el sustento de un régimen impositivo de carácter nacional. Del régimen fiscal dependería la armazón del nuevo Estado. Condicionada la Nación por una formación geográfica, el puerto de Buenos Aires se convertirá en el cerrojo de la recaudación impositiva. Sin nacionalizar la Aduana de Buenos Aires, el Estado en ciernes corría el riesgo de perecer. La Confederación sería un estado mendicante.

Este desequilibrio territorial y económico fue el gran fantasma perturbador de los proyectos de entonces. Por la Aduana se había hecho fuerte Rosas, y por ella sostuvo su dictadura. Por la Aduana lucharon las provincias contra Rosas para poner en manos de toda la Nación la llave que retenía Buenos Aires. Y por conservar la Aduana se separa Buenos Aires de la Confederación, creando un Estado aparte.

Muchos proyectos se habían imaginado entonces. Dejar a la provincia portuaria como una más, arrancarle sus privilegios por la fuerza, ubicar la capital en otro lugar de la República, designar como vicepresidente al gobernador de la Provincia de Buenos Aires, entre otras. Pero la Nación Argentina tenía prefigurado el destino de Italia: debía conquistar su capital histórica, no para eliminar a Buenos Aires, sino para ordenarla en provecho de toda la Nación. La Ciudad debía quedar federalizada para toda la República, y la provincia subordinada al gobierno general. Esta centralización implicaba retener para la Nación, y no para una provincia, el monopolio fiscal. Centralización significaba reducir el federalismo a los límites de un gobierno nacional, fuerte como quería Hamilton en El Federalista, pero consagrado a proteger la libertad civil.

Pero si por un lado el Estado central, al imponerse sobre los regionalismos, se convierte en guardián y protector de la libertad en todo el territorio, había que garantizar que esa centralización no haga del Estado “fabricante, constructor, empresario, banquero y editor”. Que, eliminando los privilegios del antiguo régimen, se creen nuevos privilegios económicos mediante la centralización y planificación estatista.

Va a delinear así Alberdi un verdadero programa político y económico para organizar la Nación, llevado además a la práctica con notable éxito por la Generación del 80. Numerosas sumas de capital se van a invertir para unir al país con vías férreas, haciendo más económica la explotación de las tierras, pudiendo las provincias transportar por ferrocarril y exportar por el puerto sus productos. Millones de inmigrantes llegaron para trabajar esas tierras, y las exportaciones aumentaron de manera colosal pudiéndose así financiarse la infraestructura que terminaba con el desierto.

Y todo ello porque una Constitución les dio la seguridad de que sus esfuerzos, su trabajo, tendría la retribución que correspondía.  A los inmigrantes, sin ningún otro requisito, se le reconocerán los mismos derechos civiles que a los argentinos nativos; la revolución educativa generó un cambio rotundo en la sociedad reduciendo drásticamente los índices de analfabetismo. El trabajo se valorizó porque la educación le agregó calidad, y el salario obrero logró tener el estándar más alto de América Latina. Entre 1870 y 1914 el país crece al doble del ritmo que la economía mundial.

En el transcurso de sesenta años existiría un Estado consolidado, que había pasado de un millón de habitantes sobre un territorio de un millón setecientos mil km2, a una población que superaba los siete millones y medio de habitantes y un territorio que abarcaba efectivamente dos millones setecientos mil km2 en 1910. Proceso prácticamente sin precedentes, solo comparable al norteamericano, y que le va a dar identidad a la Argentina.

Es cierto, no se puede tener una visión idílica de proceso; no todo fue positivo y existieron grandes tensiones sociales, al igual que en otros países desarrollados. Y aunque el sistema político tuvo sus deficiencias, esa fue la República Posible que poco después, con un creciente número de ciudadanos alfabetizados, y la consagración del sufragio universal, pasaría a ser (al menos por un tiempo) la República Verdadera.

La Constitución de 1853, consustanciada e impregnada de realidad histórica, pudo ser el verdadero andamio que permitió la conversión de las 14 provincias pobres y desunidas, en una Nación próspera en ese momento; y por la cual seguimos, luego de tantas décadas de andar errantes y de haber perdido el camino, buscando rumbos para volver a ser verdaderamente prósperos, republicanos y federales.

Fabián Nieves.

Abogado. Profesor de Historia Constitucional Argentina.

Miembro de Número de la Junta de Historia de la Provincia de Corrientes.

Concejal de la Ciudad de Corrientes.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada.