Una sociedad que no admite sus propios errores

Por: Alberto Medina Méndez (*)

Sigue siendo esta una asignatura pendiente. Asignarle el monopolio de los pecados que llevaron a esta debacle a los dirigentes, oculta deliberadamente la otra cara de la moneda.

No se trata de quitarle responsabilidad alguna a las atrocidades que la política mal entendida aporta a diario. Eso es demasiado elocuente como para negarle trascendencia. El problema es ese “deporte” nacional que consiste en hacerse el distraído y atribuirle todas culpas a la acción ajena.

No solo ocurre con la acción comunitaria, sino que también se replica en la vida personal de muchos ciudadanos que están convencidos de que les va mal porque otros se han ocupado de perjudicarlos. Esto tiene que ver más con una perspectiva fallida de estudiar los hechos que con la cruda realidad.

El resultado de cualquier proceso tiene diversos ingredientes. Suele ser más complejo de lo que parece. En ese devenir participan múltiples aspectos que luego desembocan en el desenlace. Detenerse en lo que esta fuera del control propio es una forma sutil de no comprometerse con los desaciertos.

Ahondar en la perversa corrupción, la creciente inmoralidad y las horrendas prácticas de la politiquería contemporánea sería inconducente.

Es que ya existe un enorme consenso sobre eso. Los únicos que no aceptan esa visión son los políticos, esos que se benefician de la continuidad de un sistema que favorece a la corporación a la que pertenecen. Defienden esa dinámica porque viven de ella y construyen poder gracias a ese formato.

El punto clave que amerita ser analizado con mayor dedicación es el que recala en la indisimulable actitud de una sociedad repite sus dislates demostrando su incapacidad de aprender de sus tropiezos. El yerro es parte de la esencia humana. Nadie pretende que las personas acierten siempre. La imperfección es omnipresente y no es esperable eliminarla. Sin embargo, tan natural como equivocarse es aprender de una experiencia traumática.

Dicen que “el hombre es el único animal que tropieza dos veces con la misma piedra”. Seguramente es así, pero no menos cierto es que a pesar de esa torpeza ancestral tiene el talento de tomar nota de su vivencia y “ajustar las velas” de cara a la próxima aventura.

Si evaluamos esta mecánica en lo social y en particular en estas latitudes se podría afirmar que algo no está funcionando adecuadamente.

Es que no solo se toman pésimas decisiones, sino que se reincide en las mismas hasta el cansancio y eso requiere de alguna interpretación adicional.

Muchos cometen las mismas tonterías varias veces a lo largo de su historia individual. Algunos, luego de numerosas frustraciones logran finalmente procesarlo e intentan, al menos, cambiar todo en el siguiente turno.

Otros prefieren refugiarse en la comodidad de esa resignación eterna al describirse como ignorantes crónicos para justificarse por su impericia para evolucionar. Es la excusa inercial de los perezosos. Sólo saben decir “somos así”, como si no tuvieran chance alguna de salir de esa modorra.

El país ha retrocedido, en términos relativos, durante demasiadas décadas. Supo estar en posiciones admirables para luego ingresar a un detestable circulo vicioso en el que aun permanece y del que sigue siendo prisionero.

Este tipo de circunstancias podrían explicar a muchas naciones. De hecho, la historia de varias de ellas da cuenta de esa similitud sin embargo la gente en algún momento reaccionó e inicio un recorrido distinto.

Lo inaudito en este caso particular es la parálisis intelectual imperante. No solo se involuciona, sino que nadie registra que esto es letal para el porvenir.

A estas alturas nadie pide magia ni soluciones instantáneas pero la mezquindad de las generaciones actuales resulta incomprensible. Estar inmovilizado por falta de expectativas podría ser entendible, pero consentir que los hijos y nietos sufrirán peores condiciones es imperdonable.

Los próceres del pasado no anhelaban ver las transformaciones antes de morir. Los motivaba el sueño de dejar un legado que le permitiera progresar a sus sucesores. No pretendían nada disparatado, sino que trabajaban para ver la luz al final del túnel, esa señal que diera orientación a los que venían detrás y sirviera de inspiración para seguir avanzando.

Por eso querían hacer reformas estructurales relevantes, esas que serían amargas en el corto plazo, pero sentarían las bases de un futuro mucho mejor.

Es increíble la indolencia de quienes no se conmueven con nada y no se avergüenzan de promover ideas disparatadas que han fracasado en todos lados. No tienen una sola evidencia que demuestre que vale la pena insistir en ellas sin embargo no hacen un sólo esfuerzo por aceptar su necedad.

Esta sociedad está condenada al fracaso a menos que sea capaz de comenzar una profunda autocrítica, dejar de mirar al costado como si nada tuviera que ver con lo que pasa y asumir con hidalguía que debe cambiar drásticamente el nefasto rumbo que recorrió sin éxitos a la vista.

Si tanta pobreza, desocupación, recesión, deuda, atraso e inflación no alcanzan para comprender que las recetas utilizadas hasta aquí son el eje de la tragedia y no una mera cuestión de implementadores coyunturales, entonces todo seguirá empeorando por mas berrinche infantil que se haga.

(*) Alberto Medina Méndez

Periodista y consultor

Presidente Fundación Club de la Libertad

amedinamendez@gmail.com

@amedinamendez

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