Los impuestos, el cinismo y la mesa de los argentinos

Por Alberto Medina Méndez (*)

La aceleración de precios y la necesidad imperiosa de buscar culpables a quienes endilgarle este desmadre son la antesala de la parodia montada por un Gobierno perversamente hipócrita.

Una vieja tradición muy arraigada por estas latitudes afirma que los contratiempos emergen espontáneamente, e invariablemente son creados por otros. Bajo ese paradigma, los que conducen el país, los mismos que adulteran las reglas de juego son meros observadores y no se hacen cargo del origen de los inconvenientes, o al menos eso dice su refinada narrativa.

En un escenario como el actual, después de una caída abrupta de la actividad, con recesión, un panorama internacional complejo e incierto, las alarmas se activan y las amenazas pululan, especialmente ante una expectativa ciudadana que anhela una mágica recuperación.

Los múltiples dislates del año pasado empiezan a pasar factura y esto es sólo el comienzo. No se puede paralizar la economía, emitir sin respaldo y distribuir graciosamente subsidios sin esperar consecuencias negativas.

Si alguien, en su sano juicio, piensa que esta alquimia es razonable, debería promover que todos dejen de trabajar, que se fabrique papel pintado y se asigne gratuitamente. Es increíble, pero una parte de la dirigencia y de la gente cree seriamente en que eso es posible sin asumir efectos colaterales.

Lo cierto es que la realidad finalmente se impone y a pesar del camuflaje, la inflación golpea la puerta como lo proyectaron los analistas locales. La ineficacia de los controles de precios para contener alzas está demostrada. Cada retorcida campaña publicitaria inventada inexorablemente fracasa.

La infinita literatura disponible al respecto da cuenta de los variados experimentos instrumentados durante siglos que intentaron lo imposible. Cuanto más “exitoso” fue el operativo, peores fueron los resultados. Cualquier intento por tapar el sol con un dedo, culmina de igual modo. Desabastecimiento de los productos intervenidos y el nacimiento de un mercado secundario marginal que “resuelve” la ecuación primaria.

El agravante adicional es la estafa moral en la que incurren los manipuladores seriales y la inexplicable candidez de una comunidad que acepta esa suerte de renovada leyenda de los “reyes magos”. Un nuevo capítulo de esta farsa se escribe por estas horas, recurriendo una vez más al atajo de la triada del campo, los alimentos y los bienes esenciales.

Como siempre, para operar en este tablero precisan diseñar una ficción verosímil, que sea fácilmente adoptada por la mayor cantidad de votantes, al menos por los propios, invocando una dosis de emotividad capaz de movilizar las fibras más íntimas de los individuos.

Por eso, “la mesa de los argentinos” suena como una consigna muy atractiva y simpática. Es que nadie podría estar en desacuerdo con la maravillosa ilusión de alimentarse a valores accesibles para todos.

El ingrediente faltante para el cóctel demagógico perfecto es “el malo de la película”. La existencia de un villano permite la aparición heroica del mesías salvador, solidario, justo y ecuánime con suficiente poder para utilizar todos sus artilugios y aplastar a los más pérfidos.

Así nace esta fábula repleta de “especuladores”, esos depravados sujetos que toman ventaja sacando el máximo provecho. La caricaturización de un impersonal, robusto y temerario adversario es la clave para brindarle una épica única a la batalla que se avecina.

Los expertos en el arte de engañar se esmeran en instaurar las condiciones óptimas para obtener apoyo en la aplicación de medidas que sólo traerán consigo un desastre mayor, sin abordar la cuestión de fondo, mientras premeditadamente distraen a un público dispuesto a creerse este cuento.

Los que gobiernan no esperan resolver el problema. Este prejuicio que sostiene que son ignorantes y que auténticamente apuestan por el camino de las retenciones o la vigilancia de precios para remediar la situación es absolutamente falaz. Ellos entienden cómo funciona. Claro que lo saben.

No están preparados para pagar los “platos rotos” luego de impulsar lo que verdaderamente habría que hacer para terminar con esta inagotable historia inflacionaria. Eso implicaría quedarse sin recursos para la política y peor aun, sin ese discrecional mecanismo que utilizan para repartir lo ajeno.

Esa herramienta es vital para quienes no conocen otra manera de hacer política que la mediocre dinámica de dilapidar dinero estatal. El otro sendero sería tortuoso para ellos. La austeridad republicana no les resulta útil y llevarla adelante sería equivalente a perder el poder que detentan.

Si esa sensibilidad que les gusta sobreactuar fuera genuina se ocuparían de recortar los componentes impositivos del precio de los productos, eliminar la inflación que castiga cruelmente a los más débiles y estimular la riqueza, esa que cuando se genera permite a todos disponer de más bienes.

No lo harán porque necesitan recaudar para repartir y paradójicamente, la mejor forma de recolectar fondos es con inflación e impuestos haciéndole abonar el costo de su “circo” a los mismos que dicen proteger.

Mientras tanto simulan preocupación, hacen anuncios para lograr el aplauso de la tribuna y transmitir la sensación de que están combatiendo contra los temibles malvados. Por todo eso precisan mostrar que están “haciendo algo” y el relato pretende instalar esta visión, apalancados por una sociedad proclive a dejarse embaucar por esta casta de dirigentes inmorales.

(*) Alberto Medina Méndez

Periodista y consultor

Presidente Fundación Club de la Libertad

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