Mi relación intelectual con Mario Vargas Llosa

Por: Hana Fischer (*)

Debo ser un bicho raro porque el recorrido de mi admiración por Mario Vargas Llosa tuvo un curso fuera de lo común.

Desconocía la obra de Mario hasta que me topé con una de sus “Piedra de Toque” cuando vivía en Venezuela, en la época en que ese país era rico, despreocupado y democrático. No me acuerdo si fue en El Universal o El Nacional -los dos grandes periódicos de entonces- pero sí que era domingo, cuando uno dispone de mucho tiempo para leer. Esos dos medios de prensa eran joyas informativas y culturales. Las ediciones dominicales eran extensas y de calidad: uno se encontraba con columnas de escritores célebres como Vargas Llosa o Julio Cortázar.

Como iba diciendo, Mario Vargas Llosa ya era famoso por sus novelas y por integrar el denominado boom latinoamericano. Sin embargo, a pesar de ser una ávida lectora, nunca había leído nada de él y aunque parezca paradójico, precisamente la notoriedad que tenía ese grupo de escritores era lo que me inclinaba a rehuir sus obras literarias. Me pasa con diversas manifestaciones culturales -películas, libros, canciones- que tienen mucha publicidad y son muy populares porque me da una sensación de empalago e instintivamente las evito.

En consecuencia, fue una grata sorpresa encontrarme con un intelectual de fuste como el que descubrí en Vargas Llosa periodista. Sus ideas me llamaron la atención y me resultaron atrayentes. Desde entonces, se podría decir que me convertí en una fan de esa faceta de Mario.

No obstante, seguía evitando leer alguna de sus novelas. Tenía claro que el Vargas Llosa escritor era muy diferente al Vargas Llosa periodista, y yo a quien admiraba era al segundo y no al primero.

Muchos años después y no viviendo ya en Venezuela sino en mi Uruguay natal, me vi “obligada” -literalmente- a leer La ciudad y los perros. Fue por razones laborales porque debía explicársela a una chica.

Debo admitir que me costó enormemente leerla hasta el final. No me gustaba el tema del colegio militar con su brutalidades y ordinarieces porque herían mi sensibilidad. Pero para mi suerte, estaba obligada a leer la obra completa porque sino la hubiera dejado por la mitad y en consecuencia, me hubiera perdido de conocer una auténtica obra de arte.

El momento clave fue hacia el final cuando descubrí que había estado detestando y sintiendo cariño simultáneamente por un mismo personaje: el Jaguar, que encarna al mismo tiempo al niño amable y al estudiante violento del colegio militar; alguien que despierta ternura y aversión. Fue entonces cuando me dije a mí misma: ¡Vargas Llosa es un genio! ¡Que técnica narrativa más impresionante porque logra despertar sentimientos tan contradictorios hacia un mismo personaje sin sospecharlo ni por un minuto hasta que surge la revelación explícita! El Jaguar es un oxímoron. El secreto para lograrlo es la estructura fraccionada de la narración, las analepsis y prolepsis y los narradores múltiples que a modo de un rompecabezas van conformando la trama.

Fue entonces que me di cuenta de que la fama de Mario como escritor estaba más que justificada y que no era tan solo una moda pasajera.

Luego de ese descubrimiento pasé a admirar a Mario en su doble faceta -periodista y escritor- a pesar de ser tan diferentes.

A raíz de mi amistad con Álvaro, descubrí que Mario no es solamente un excelente escritor sino también un incansable luchador a favor de la libertad, creando la Fundación Internacional para la Libertad (FIL) y apoyando a diferentes fundaciones y centros de estudios que comparten esa pasión.

Conocí a Mario en persona en 2013, en Rosario (Argentina), en un evento organizado por la Fundación Libertad. Incluso compartí con él y otros invitados como por ejemplo Gabriela Calderón y Mauricio Rojas el mal momento que pasamos cuando un grupo de exaltados de izquierda atacaron el bus en que viajábamos y llegamos incluso a temer por nuestra seguridad física.

En unos días Mario cumplirá 85 años. Una larga, intensa y fructífera vida en la cual cosechó éxitos y amigos, donde sin pausa ha defendido aquellos valores en los que cree, sin temor a rectificar cuando pensó que había errado el camino.

Quiero terminar este artículo citando un pensamiento de Mario Vargas Llosa, que es un reflejo del espíritu que lo caracteriza, y como tributo a su Piedra de Toque que fue mi puerta de entrada a su obra:

“Treinta años son muchos años, pero no espero jubilarme. Si me jubilan a la fuerza, no habrá más remedio que resignarse. Mi esperanza es que encuentre siempre algún periodiquito misericordioso que acepte mis Piedras de Toque, en las que defienda aquellas cosas sobre las que seguramente iré cambiando en función de la historia que se vaya haciendo, hasta el final.”

(*) Hana Fischer

Escritora, Investigadora y Periodista uruguaya

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