No, no es el dato

 

 

 

 

 

 

 

Por Maffuche Santiago (*)

A pesar de que la evidencia empírica juzgue benevolente los datos de una economía libre, a pesar de que los datos que arrojásemos en una arenga estriben en una realidad beneficiosa, la izquierda, con sus repetidos fracasos anunciados de antemano con la lógica (y experiencia) que nos caracteriza como humanos, lleva la vanguardia en esta pugna cultural (y por ende política), que viene gestándose desde, por lo menos, el siglo pasado. La razón no es más que una simple resolución: estamos en un camino equívoco, un método que no tiene sus resultados esperados porque se lo aplica de forma perjudicial y parcial.

Cabe la salvedad de que esta reflexión se enmarca en un ámbito meramente político, puesto que, probablemente, ambientada a otro campo disciplinario no solo pueda ser errónea sino que también injusta.

Hoy, por dar escasos ejemplos, no es de mucha relevancia enaltecer las atrocidades económicas del régimen comunista, ante comunistas; no es de mucha relevancia mostrar fichas y estadísticas de la decadencia económica y cultural argentina con la llamada “Justicia Social”, ante compañeros que justifican su pobreza a costa de sus referentes políticos millonarios; no es muy preciso demostrar que los llamados “femicidios” no hicieron más que aumentar a pesar suyo de que el movimiento feminista viene en un auge continuo, no es preciso interrogar (con referencia a datos fehacientes, insisto) si no es el enfoque que están direccionando, los voluntarios de este movimiento, quizá el incorrecto, y se necesite repensar la metodología para estudiar exhaustivamente las causas que llevan a propiciarse los asesinatos y la violencia entre personas, y no afirmar deliberadamente que obedece a una mera pauta de género. Todo el esfuerzo en demostrar la realidad lisa y llanamente con datos hoy es parcialmente superfluo.

Quizá un hecho de gran magnitud concretado recientemente en un país vecino, ayude a comprender la tesis. Chile es conocido por haber reducido su pobreza, haber aumentado su movilidad social, haber mejorado su economía convirtiéndose en uno de los grandes exponentes de América Latina; lo narrado fue producto de una economía libre, en donde la intervención estatal no hacía estragos justificándose en un bien social que nunca llegaba (prueba de esto es Argentina). Sin embargo, a pesar de sus dichosos resultados, los feligreses del lado “sentimentalista” se apropiaron no solo de la política, sino que también, y en primera instancia, de la cultura, y van a proceder a cambiar la Constitución. En otras palabras, no importaron las estadísticas y la suma de números que mostraban una economía prospera, la clave fue el relato.

Un relato, y sobre todo adviniendo del lado izquierdo del espectro político, tiene un carácter inherente y, por consiguiente, esencial, que es la clave para desmoronar a lo largo de la historia toda evidencia contingente, todo dato que se respalde con la vida cotidiana: el sentimentalismo. Por ende, entiéndase relato como la parte emotiva, pasional y meramente discursiva.

Ponderarse como el “justiciero social”, como el héroe cuyo único propósito es la igualdad de una sociedad en donde los más desfavorecidos están subyugados a la potestad de los tétricos capitalistas, la redistribución de la riqueza de los oligarcas a los necesitados, y estar a favor de un “Estado de bienestar”, fue el detonante decisivo para que, independientemente de que su relato no sea compatible con la realidad, la sociedad, a cuanta persona se apropie de estos discursos, lo posicione y le dé la potestad de la organización de un país, aceptando dogmáticamente sus serios y continuos desaciertos.

La sustancia no se debe a una población inútil por sí sola, o ignorante en términos de sapiencia económica y política, sino que obedece, y quedando fuera toda intención de conspiración mística, por un lado a una complicidad entre los más altos estratos del sistema político, que buscan mantener a la misma al margen de todo conocimiento objetivo puesto que, de sabido, de lo contrario sería perjudicial y atentaría contra su poder y su impunidad; de ahí que le sea tan rentable el control de la educación. Y por el otro, atendiendo a los gustos más íntimos, de que no toda la población se interesase en leer a grandes intelectuales o artículos relacionados a estos temas para adquirir conocimiento.

Existe una obligación humana en comprender que los individuos no tienen como objetivo personal, en la gran mayoría de los casos, ser un referente político, intelectual, o escribir arduos ensayos, simplemente quieren vivir en condiciones agradables y disponer de recursos para abastecerse a sí mismo y a su familia (que dicho sea de paso no hay nada de malo). Por eso la necesidad de amoldar el discurso “técnico” a uno que sea compatible con todos, sea cual sea su interés u objetivo personal.

La tesis que pretendo describir no tiene como parámetro menoscabar a los datos, se recalca su relevancia, pero no es preciso entregárselo todo. Por ponderarlos como la única panacea para los males que nos atentan, fuimos arrojados al olvido llevándonos prejuicios que se nos adjudicaron injustamente; y la izquierda avivada no supo perdonar, succionando la prosperidad de las naciones sigue atrayendo la simpatía de gran parte de la población.

Ciertamente, la propuesta estriba en la complementariedad de los datos con el relato, a sabiendas de que los datos no siempre son la clave para convencer a la población de qué es lo perjudicial y qué es lo beneficioso (debido a que un dato en sí no representa nada, es algo muerto y amorfo), se necesita inexorablemente del acompañamiento del relato. Ninguno de los factores es despreciable, son complementarios, datos y relato son dos condicionantes que van de la mano.

En relación a esto, cabe resaltar que tampoco se está pronunciando un plagio a la izquierda en términos de contenido, ya que ciertamente el contenido del relato izquierdista es demagógico en el fondo, y una de las razones es por la carencia de estar sustentado en la realidad; mas bien es un llamado a un relato que, por estar respaldado con la evidencia empírica, permite excluir la demagogia y ponderar las características que son plausibles y beneficiosas para los individuos y el país.

Se ha dicho que los datos son amorfos, y esta premisa no obedece al azar, sino más bien pretender aclarar que un dato puede usarse para concluir centenares de interpretaciones, arrojarlos sin más objetivos que la mera exposición, radicaría en una posible interpretación errónea por parte de los interlocutores. Esto de ninguna manera significa que cada interpretación tenga la misma validez, aquellas que gozan de mayor estatus y objetividad son las que intentan acaparar todo el contexto.

La izquierda ha sabido adentrarse en la cultura y en la política con el método del relato y el sentimentalismo, obviando la realidad y aboliendo la prosperidad de los países. Dicha prosperidad fue producto del sector que verdaderamente representa a todos por igual y no a una clase o grupo determinado: el lado derecho del especto político. Es necesario reconstruir y volver a los cimientos, en donde todo no era economicismo o una planilla con porcentajes que, sumado a que son muchas veces ambiguos, solo sirven para gente que le interese y se quiera informar al respecto. Es hora realizar un revisionismo y comprender que con meramente datos, en el campo político y cultural, no se llega a benevolentes resultados.

 

(*)Maffuche Santiago

Cofundador de la Fundación IdeAr

Fundación Club de la Libertad

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